Gnothi Seauton
Por José Domingo Sosa, Ph.D.
Una cosa que odio de los regímenes totalitarios tanto fascistas como comunistas, entre muchas otras, es el adoctrinamiento que el Estado impone a los habitantes de sus naciones. Lamentablemente eso mismo puede también suceder en sistemas democráticos y capitalistas.
Yo nací y crecí en democracia e igualmente fui adoctrinado por mi familia y educadores dentro del cristianismo. Mientras crecí, apenas me mencionaron, y sólo sutilmente, que fue la evolución, pero sí me enseñaron e impusieron hasta la saciedad los textos bíblicos, los credos y dogmas de la iglesia Católica. En otras palabras para cuando llegué a ser un adulto, me habían hecho creer y adorar una historia inventada por el hombre hace apenas 3000 años y simultáneamente me ocultaron la verdad y realidad sobre lo que sucedió a través de millones de años.
También es totalmente cierto que una vez alcanzada cierta edad pude descubrir lo que dice la ciencia sobre el origen de la vida y la evolución de la especie. Es decir, finalmente tuve la opción de decidir si seguir creyendo en las historias de la Biblia o en lo que la ciencia ha probado. Lamentablemente, y para la mayoría de las personas, no importa lo que entiendan después de años de engaños, el daño ya está hecho. Nunca nadie podrá restablecer su mente y sentimientos a lo que nunca fue. De eso se trata el adoctrinamiento.
El problema de creer textualmente mitologías en lugar de ciencias es que, en el largo plazo, las mentes de esas personas van alejándose paulatinamente de la lógica y por ende de la capacidad y raciocinio necesario para enfrentar las complejidades reales de la vida.
Una vez que la persona comienza a creer en milagros y seres sobrenaturales, solo hay un paso para entonces creer en teorías conspirativas de millonarios y científicos sentados en una mesa a media luz en un salón privado a puertas cerradas fumando habanos mientras discuten un plan para cómo apoderarse del mundo a través de la creación de un virus y la implantación de microchips a través de vacunas.
Ese es el problema con los cuentos y adoctrinamientos que sirven de base para controlar la consciencia de las masas desde la niñez. Los adultos que no rechazan esas ideas viven una falsa realidad en dónde la lógica ha sido devaluada hasta alcanzar niveles de insuficiencia para poder enfrentar o analizar las complejidades de la existencia. Tan fuerte son esas influencias que pueden llegar a deshabilitar las capacidades cognitivas de los adoctrinados.
Esas son las personas que conforman las masas que continuamente siguen las noticias a través de medios de comunicación claramente identificados con una ideología específica. Son las personas que se creen lo que allí les dicen mujeres bonitas especialmente maquilladas, vestidas y entrenadas para repetir frases redactadas por los adoctrinadores profesionales. Adicionalmente, esas masas de personas leen cosas en internet y lo publican en el chat de sus grupos de amigos sin el más mínimo decoro de revisar la veracidad de algo que a simple vista es falso ante los ojos de cualquier otra persona con capacidad cognitiva normal.
La pregunta que todos debemos hacernos es, ¿por qué gente inteligente, preparada y con buenas intenciones somos presas fáciles de adoctrinamientos e ideologías de todo tipos y colores?
La respuesta la encontramos en las mismas ciencias del hombre: Ellas nos dicen que el hombre vive bajo un estado de profunda ansiedad por su existencia dualista. Un ser que por una lado está constituido con instintos animales y por el otro lado posee una mente prodigiosa capaz de crear símbolos para neutralizar los impulsos de sus instintos naturales. Esa paradoja o tensión de su existencia es el origen del estado ansioso del hombre.
Para el hombre primitivo la solución para aliviar su tensión existencial fue adorar a sus antepasados muertos. Luego en la antigüedad el hombre evolucionó adorando a una deidad, y 10 siglos después a una religión y/o una ideología. En cierta forma ese tipo de solución simbólica representada en el mito dio sus frutos a lo largo de no menos de 20 siglos.
A medida que el mundo progresa y las tecnologías avanzan, esas mitologías se hacen insostenibles para contener al hombre de sus angustias. Por eso el famoso diagnóstico de Nietzsche cuando al estudiar la historia de la humanidad y la realidad de su tiempo, post revolución industrial y en pleno apogeo del positivismo científico, la era dorada de finales del siglo XIX, dictaminó “Dios ha muerto”.
Sin duda alguna que el motor del mal en los asuntos humanos proviene de la paradójica naturaleza del hombre: por un lado condenado en la carne por ella misma, así como también fuera de la carne en el mundo de los símbolos tratando de continuar en un vuelo celestial. Todo lo cual confirma al hombre como el animal más devastador que jamás haya asomado el cuello al cielo. Además de aspirar un estatus y un destino imposibles para un animal; el hombre quiere un mundo que no sea un mundo sino un cielo, y el precio de este tipo de ambición fantástica es hacer del mundo, un cementerio en dónde lo que abunda es la maldad.
La ansiedad seguirá presente mientras existan seres humanos y lo único que, igualmente continua a nuestro alcance para aliviarnos es nuestra capacidad simbólica. Es un hecho que en estos tiempos del siglo XXI el hombre ha cambiado sus antiguas creencias religiosas por creencias de todo tipo. Pero el resultado ha sido más confusión, maldad y destrucción masiva. Seguimos matándonos unos a otros pero ahora lo hacemos con armas de gran destrucción.
Poner los pies sobre la tierra es reconocer quienes somos. Por eso el oráculo de Apolo en Delfos dice “gnothi seauton” y Socrates añadió “la vida no examinada no vale la pena vivirla”. A lo largo de más de 25 siglos, filósofos y librepensadores nos han insistido en lo mismo. Un sincero examen de conciencia debería ser suficiente para que recuperemos nuestra capacidad cognitiva y con ella nuestro mejor juicio y raciocinio para actuar de forma lógica y real.
Jdsosa (Q) (2022)

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