Thursday, October 28, 2021

 "Llegar a Ser"


Por: José Domingo Sosa, Ph.D.


En los últimos 3000 años el hombre construyó su cultura en gran parte o principalmente como soporte de su paradójica existencia. Paradoja por su dualidad de ser un animal igual a los otros llamados inferiores pero con la capacidad cognitiva de vivir simbólicamente. Un cuerpo con instintos poco desarrollados y por ende vulnerable, compensado con una mente prodigiosa e hiperconsciente. Una mano tratando de entender y ayudar a la otra. 


Como dijo el sabio Blaise Pascal, “El hombre es sólo un palillo, el palo  más débil de la naturaleza, pero es un palillo pensante. No es necesario que el universo entero se arme para aniquilarlo: un vapor, una gota de agua, basta para matarlo. Pero si el universo lo aplastara, el hombre sería aún más noble que el que lo mata, porque sabe que morirá y conoce la ventaja que el universo tiene sobre él; pero sobre eso el universo no sabe nada”.


Pero esa ambigüedad animal-racional puede ser un tormento y en el mejor de los casos una constante fuente de ansiedad.  Es a través de la cultura que el hombre se sirve para formar su carácter para entonces funcionar, vivir, ser. No obstante, las calamidades de la naturaleza, las enfermedades y específicamente su final le acechan su hiperconciencia. 


Así constituido, el hombre tiende a reprimir las miserias de su condición.  La represión es una forma de negar su potencial y cuando la ansiedad ontológica no es aceptada puede conducir a males peores. No podemos repetir en demasía la gran lección de la psicología freudiana: que la represión es una autoprotección normal y una autorrestricción creativa. En un sentido real la represión del hombre es el sustituto natural a su falta de instinto.


Por ello el origen de las personalidades e ideologías rígidas para proteger lo que a la postre no es otra cosa que su propia naturaleza. Específicamente, el hombre se apoya en sus creencias, ideologías, mitos, literatura, entretenimiento, adicciones, la acumulación de bienes materiales y sobre todo en nuestros días, en la tecnología. Con todas esas herramientas se forma el carácter de los niños y luego los llamados adultos. No todos los hombres logran vivir dentro del contexto de las normas ofrecidas por la cultura. Algunos colapsan en neurosis, depresión y otros en la locura. No obstante,  la mayoría alcanza lo que culturalmente se considera “ser normal”.


El hombre "normal", nos dice Ernest Becker, “muerde lo que puede masticar y digerir de la vida, y nada más. En otras palabras, los hombres no están hechos para ser dioses, para abarcar el mundo entero; están construidos como otras criaturas, para abarcar el terreno que tienen delante de sus narices.”


La mayoría de los hombres ahorran emociones al concentrar sus mentes solamente en los pequeños asuntos de sus vidas, tal como su sociedad les traza estos aspectos. Esos son los hombres que Kierkegaard llamó "inmediatos" y  "filisteos". Ellos se  “tranquilizan con lo trivial”, y así pueden llevar una vida normal.


Quizás la forma más omnipresente del fracaso para afrontar la existencia en nuestros días sea el conformismo. La tendencia del individuo a dejarse absorber en el mar de respuestas y actitudes colectivas, a ser absorbido por masa, con la correspondiente pérdida de su propia conciencia, potencialidades y todo lo que lo caracteriza como un ser único y original. El individuo escapa temporalmente de la ansiedad de su existencia por este medio, pero al precio de perder sus propios poderes y sentido de vivir auténticamente.


El Teólogo y Filósofo Soren Kierkegaard no tenía una idea clara de qué significa ser normal o sano. Pero si sabía lo que es no serlo. El decía, “No son sanos aquellos que adoptan los ajustes de vida llamados normales''. “La cultura no hace a las personas, genuinas'', decía Kierkegaard. Ser una “persona culturalmente normal” fue para él, lo mismo que estar enfermo, independientemente de que lo sepamos o no. El decía que existe una cosa llamada “Salud ficticia”. Es lo mismo que quiso expresar Nietzsche cuando acuñó la frase o preguntó a los psicólogos “si existía la neurosis saludable?”. 


Lo que llamamos neurosis entra precisamente en este punto: algunas personas tienen más problemas con sus caretas y disfraces que otras. La vida cotidiana es demasiado para ellos, y las técnicas que han desarrollado para mantenerla a raya y reducirla al tamaño de su conveniencia, finalmente comienzan a asfixiar a la persona misma. En pocas palabras, eso es neurosis: el desistir de seguir manteniendo la mentira sobre la realidad. 


En consecuencia vemos que la línea entre lo normal y lo neurótico es difusa, ya que todos, como decía C.G. Jung “llevamos caretas” y todos estamos atados de alguna manera por las mentiras representadas en ellas y formalizadas a través de lo que él también llamó con el término “Persona”. La neurosis es, entonces, algo que todos compartimos; es universal. O, dicho de otro modo, la normalidad es neurosis y viceversa.


Específicamente, se dice que un hombre está  "neurótico" cuando su mentira comienza a mostrar efectos dañinos en él o en las personas que lo rodean y busca ayuda para ello, o otros la buscan por él. Y por el contrario, llamamos "normal" al hombre que rechaza la realidad utilizando su carácter, careta y persona, porque aparentemente así no ocasiona ningún problema visible.


Sí, ser culturalmente normal no es estar sano de un todo, entonces quiere decir que lo normal es algo más allá que nuestras habituales ideas de qué lo es. La salud mental, en una palabra, no es algo típico o común, es algo bastante más que encontrar el sí mismo y cumplir con el papel adoptado dentro de la sociedad y la cultura. 


La persona sana, el individuo genuino, aquel de alma realizada o hombre real y auténtico es solo aquel que ha logrado trascender.  ¿Cómo entonces podemos trascender? ¿Cómo podemos abrirnos a nuestras potencialidades? Solo a través de conocer la verdad de nuestra miserable situación. Mediante el desmontaje de la mentira encerrada en nosotros mismos en los años de formación y que conocemos como el “carácter”.


Desde niños hemos construido estrategias y técnicas para protegernos. Esas técnicas se han transformado en una armadura que nos mantiene prisioneros y alejados de ser auténticos y por ende de nuestras potencialidades creativas. Las defensas de seguridad y confianza que obtuvimos para crecer se transforman en trampas para toda la vida. 


Para trascender se necesita romper con todo aquello que hemos montado dizque para vivir seguros.  Como el “Lear” de Shakespeare debemos abandonar todo aquello que hemos tomado prestado de la cultura y como él pararnos desnudos frente a la vida.  Pero destruir al carácter pareciera ser lo mismo que meternos un auto gol o para decirlo de otra manera, una auto-derrota, o todo lo que no deberíamos hacer si queremos vivir sanos. 


Kierkegaard decía, “ ..... el YO debe ser disuelto para alcanzar un YO genuino”.  Solo el que prueba la muerte con los labios de su cuerpo viviente entenderá emocionalmente que es una criatura que morirá.  Salvación a través de la desesperanza. Morir para renacer. Es “el paso a la nada” sobre el que escribió Jacob Boheme. 


Es la destrucción del carácter emocional contenido en la armadura de Lear, del Zen Budista, de la psicoterapia moderna, y de hecho es la liquidación del carácter del hombre que llamamos “realizado” y “exitoso” a lo largo de todos los tiempos. Tal cómo nos lo dijo José Ortega y Gasset .......


“Vivir es sentirse perdido .... aquel que acepta eso habrá empezado a encontrarse así mismo. A pisar en suelo firme. Es como el náufrago que encuentra algo de qué agarrarse. Eso le traerá  orden en el caos de su vida. Esas son las únicas ideas genuinas. Las ideas del náufrago. El resto es retórica, posturas falsas. Aquel que no se sienta realmente perdido no podrá salvarse, es decir, nunca se encontrará asimismo, nunca enfrentará su propia realidad." 


El conocer y aceptar la ansiedad y la culpa ontológica tienen efectos constructivos en la personalidad del hombre. Específicamente, puede y debe conducir a la humildad, la sensibilidad en las relaciones de uno con los demás seres humanos y una mayor creatividad en el uso de las propias potencialidades. Ese cambio es cuando el ser comienza a trascender. 


Es aquí entonces cuando el hombre siente compasión por sí mismo y en consecuencia por los demás. Es ahí en donde como si fuera un manantial la humildad se apodera de él. Es esa compasión y humildad lo que nos hace genuinos, sin armaduras para reprimir el amor hacia aquellos que lucen distintos y con preferencias distintas con las que crecimos. Será solo entonces, cuando el hombre finalmente trasciende, llega a ser y se hace eterno.



J.D. Sosa (2021) K


Thursday, October 21, 2021

Todos somos medio gays


J.D. Sosa, Ph.D.

Pertenezco a una generación que creció bajo el más absoluto y estricto sentido de la virilidad. Al punto que constantemente era necesario y obligatorio demostrarlo en todas sus formas y manifestaciones. 


Faltar a ese código de conducta, es decir no ser un hombre viril completo, era considerado una falta grave y hasta correr el riesgo de ser acusado de homosexual. En el mejor de los casos solamente señalado de afeminado, lo cual para todos nosotros era casi que lo mismo que ser un marico o peor aun una marica. 


Así fuimos creciendo y repitiendo el patrón de máxima y óptima virilidad hasta que nos convertimos en adultos. Fue entonces cuando simultaneamente viviendo bajo ese esquema de vida claro y raspado, el mundo comenzó a sufrir una fuerte transformación y de pronto los gays salieron del closet y abiertamente mostraban su homosexualidad. 


Ese cambio para todos los de mi generación no fue fácil y la mayoría de nosotros mantuvo lo único que sabía y podía hacer de acuerdo a nuestro arraigado condicionamiento, es decir, mantener una posición estricta. En el fondo no los aceptamos aun y cuando nos mofamos diciendo que no tenemos nada en contra de ellos.  Todos tenemos conocidos gays y ante ellos mantenemos una posición cordial. 


Pero eso es así hasta que a alguien se le ocurra decirle a uno de mis nietos que esa condición es algo que debemos aceptar como algo normal, entonces, puede ser que hasta agreda al perverso atrevido no solamente verbal sino también físicamente por intentar infundir tal perversidad en mis nietos. Todos hemos sido testigos de esas reacciones. Hoy en día es comun ver en las redes sociales como el sólo hecho de ver una carátula de un libro sobre el tema de educación homosexual para los niños sea objeto del más desgarrado ataque sin ni siquiera conocer cual es el texto dentro de ese libro. 


Psicólogos y sociólogos han analizado esas fuertes reacciones a través de los últimos 30 años y han llegado a conclusiones por lo demás interesantes. Entre los hallazgos más penetrantes está que bajo nuestra estricta crianza de corte viril fue inaceptable el poder admitir abiertamente cierta admiración física hacia el compañero del colegio buen mozo. Y si nos venía un cierto pensamiento en ese sentido inmediatamente el mismo era reprimído y en consecuencia la correspondiente acumulación de culpas inconscientes. (Singer, June; "Dynamics of Androgyny", pp 161-179)


El solo hecho de inconscientemente llegar a admirar al amigo bonito era otro motivo de culpa e inmediata represión. Obviamente, esos sentimientos de corte estético nada tienen que ver con algún tipo de atracción sexual hacia ellos ya que la mayoría de nosotros hemos tenido muy claras nuestras preferencias sexuales desde temprana edad, cuando aun siendo solamente niños una mujer nos provocó una erección o un sueño húmedo dormido y hasta despierto también. 


Pero la crianza e imposición cultural fueron tan firmes que la contradicción y la culpa han ido creciendo dentro de nosotros de tal manera que en algunos casos ahora se manifiesta a través de una profunda y arraigada homofobia. Adicionalmente, y como sucede con todas las fobias, esa específicamente se ha visto reforzada como un objeto/target claro para también proyectar en ella nuestras ansiedades ontológicas.  


Cómo sucede con todas las represiones, las mismas van acumulando energía psíquica y por aquello de la "Entropía(*)"  buscan una salida o vía de escape o manifestación. En el fondo todos los seres humanos sentimos atracción estética y hasta metafísica por seres de nuestro mismo sexo. En el caso de las mujeres eso siempre les fue aceptado y por eso somos testigos de cómo las mujeres heterosexuales abiertamente demuestran su atracción por sus amigas o no amigas que son bellas y están buenísimas. 


Pero eso nunca fue aceptado así para nosotros los hombres. No obstante, en el fondo todos nosotros de una u otra forma lo hemos sentido y aquellos que lo siguen negando solo alimentan su represión por miedo a sentir una cosa tan ordinaria y común como es aceptar que la admiración física de un hombre por otro hombre nada tiene que ver con sus preferencias sexuales y que en la vida existe de todo y lo especialmente negativo en ella son los tabúes por una deformación en la crianza.  


En consecuencia, nos corresponde reconocer nuestros tabúes y represiones culturales para entonces atender con paciencia y claridad las transformaciones que el mundo ha ido conociendo haciendo uso de su extensa epistemología científica y humanista para así evitar la imposición emocional por causa de mentes reprimidas.


Moraleja "atacar las vainas relacionadas con los gays es negar que en el fondo todos somos medio gays"

—----------------------

(*Entropía. Principio de entropía (similar a la segunda ley de la termodinámica). La distribución de energía en la psique busca un equilibrio o equilibrios. El estado ideal del yo es equilibrado, pero no libre de conflictos.