"Llegar a Ser"
Por: José Domingo Sosa, Ph.D.
En los últimos 3000 años el hombre construyó su cultura en gran parte o principalmente como soporte de su paradójica existencia. Paradoja por su dualidad de ser un animal igual a los otros llamados inferiores pero con la capacidad cognitiva de vivir simbólicamente. Un cuerpo con instintos poco desarrollados y por ende vulnerable, compensado con una mente prodigiosa e hiperconsciente. Una mano tratando de entender y ayudar a la otra.
Como dijo el sabio Blaise Pascal, “El hombre es sólo un palillo, el palo más débil de la naturaleza, pero es un palillo pensante. No es necesario que el universo entero se arme para aniquilarlo: un vapor, una gota de agua, basta para matarlo. Pero si el universo lo aplastara, el hombre sería aún más noble que el que lo mata, porque sabe que morirá y conoce la ventaja que el universo tiene sobre él; pero sobre eso el universo no sabe nada”.
Pero esa ambigüedad animal-racional puede ser un tormento y en el mejor de los casos una constante fuente de ansiedad. Es a través de la cultura que el hombre se sirve para formar su carácter para entonces funcionar, vivir, ser. No obstante, las calamidades de la naturaleza, las enfermedades y específicamente su final le acechan su hiperconciencia.
Así constituido, el hombre tiende a reprimir las miserias de su condición. La represión es una forma de negar su potencial y cuando la ansiedad ontológica no es aceptada puede conducir a males peores. No podemos repetir en demasía la gran lección de la psicología freudiana: que la represión es una autoprotección normal y una autorrestricción creativa. En un sentido real la represión del hombre es el sustituto natural a su falta de instinto.
Por ello el origen de las personalidades e ideologías rígidas para proteger lo que a la postre no es otra cosa que su propia naturaleza. Específicamente, el hombre se apoya en sus creencias, ideologías, mitos, literatura, entretenimiento, adicciones, la acumulación de bienes materiales y sobre todo en nuestros días, en la tecnología. Con todas esas herramientas se forma el carácter de los niños y luego los llamados adultos. No todos los hombres logran vivir dentro del contexto de las normas ofrecidas por la cultura. Algunos colapsan en neurosis, depresión y otros en la locura. No obstante, la mayoría alcanza lo que culturalmente se considera “ser normal”.
El hombre "normal", nos dice Ernest Becker, “muerde lo que puede masticar y digerir de la vida, y nada más. En otras palabras, los hombres no están hechos para ser dioses, para abarcar el mundo entero; están construidos como otras criaturas, para abarcar el terreno que tienen delante de sus narices.”
La mayoría de los hombres ahorran emociones al concentrar sus mentes solamente en los pequeños asuntos de sus vidas, tal como su sociedad les traza estos aspectos. Esos son los hombres que Kierkegaard llamó "inmediatos" y "filisteos". Ellos se “tranquilizan con lo trivial”, y así pueden llevar una vida normal.
Quizás la forma más omnipresente del fracaso para afrontar la existencia en nuestros días sea el conformismo. La tendencia del individuo a dejarse absorber en el mar de respuestas y actitudes colectivas, a ser absorbido por masa, con la correspondiente pérdida de su propia conciencia, potencialidades y todo lo que lo caracteriza como un ser único y original. El individuo escapa temporalmente de la ansiedad de su existencia por este medio, pero al precio de perder sus propios poderes y sentido de vivir auténticamente.
El Teólogo y Filósofo Soren Kierkegaard no tenía una idea clara de qué significa ser normal o sano. Pero si sabía lo que es no serlo. El decía, “No son sanos aquellos que adoptan los ajustes de vida llamados normales''. “La cultura no hace a las personas, genuinas'', decía Kierkegaard. Ser una “persona culturalmente normal” fue para él, lo mismo que estar enfermo, independientemente de que lo sepamos o no. El decía que existe una cosa llamada “Salud ficticia”. Es lo mismo que quiso expresar Nietzsche cuando acuñó la frase o preguntó a los psicólogos “si existía la neurosis saludable?”.
Lo que llamamos neurosis entra precisamente en este punto: algunas personas tienen más problemas con sus caretas y disfraces que otras. La vida cotidiana es demasiado para ellos, y las técnicas que han desarrollado para mantenerla a raya y reducirla al tamaño de su conveniencia, finalmente comienzan a asfixiar a la persona misma. En pocas palabras, eso es neurosis: el desistir de seguir manteniendo la mentira sobre la realidad.
En consecuencia vemos que la línea entre lo normal y lo neurótico es difusa, ya que todos, como decía C.G. Jung “llevamos caretas” y todos estamos atados de alguna manera por las mentiras representadas en ellas y formalizadas a través de lo que él también llamó con el término “Persona”. La neurosis es, entonces, algo que todos compartimos; es universal. O, dicho de otro modo, la normalidad es neurosis y viceversa.
Específicamente, se dice que un hombre está "neurótico" cuando su mentira comienza a mostrar efectos dañinos en él o en las personas que lo rodean y busca ayuda para ello, o otros la buscan por él. Y por el contrario, llamamos "normal" al hombre que rechaza la realidad utilizando su carácter, careta y persona, porque aparentemente así no ocasiona ningún problema visible.
Sí, ser culturalmente normal no es estar sano de un todo, entonces quiere decir que lo normal es algo más allá que nuestras habituales ideas de qué lo es. La salud mental, en una palabra, no es algo típico o común, es algo bastante más que encontrar el sí mismo y cumplir con el papel adoptado dentro de la sociedad y la cultura.
La persona sana, el individuo genuino, aquel de alma realizada o hombre real y auténtico es solo aquel que ha logrado trascender. ¿Cómo entonces podemos trascender? ¿Cómo podemos abrirnos a nuestras potencialidades? Solo a través de conocer la verdad de nuestra miserable situación. Mediante el desmontaje de la mentira encerrada en nosotros mismos en los años de formación y que conocemos como el “carácter”.
Desde niños hemos construido estrategias y técnicas para protegernos. Esas técnicas se han transformado en una armadura que nos mantiene prisioneros y alejados de ser auténticos y por ende de nuestras potencialidades creativas. Las defensas de seguridad y confianza que obtuvimos para crecer se transforman en trampas para toda la vida.
Para trascender se necesita romper con todo aquello que hemos montado dizque para vivir seguros. Como el “Lear” de Shakespeare debemos abandonar todo aquello que hemos tomado prestado de la cultura y como él pararnos desnudos frente a la vida. Pero destruir al carácter pareciera ser lo mismo que meternos un auto gol o para decirlo de otra manera, una auto-derrota, o todo lo que no deberíamos hacer si queremos vivir sanos.
Kierkegaard decía, “ ..... el YO debe ser disuelto para alcanzar un YO genuino”. Solo el que prueba la muerte con los labios de su cuerpo viviente entenderá emocionalmente que es una criatura que morirá. Salvación a través de la desesperanza. Morir para renacer. Es “el paso a la nada” sobre el que escribió Jacob Boheme.
Es la destrucción del carácter emocional contenido en la armadura de Lear, del Zen Budista, de la psicoterapia moderna, y de hecho es la liquidación del carácter del hombre que llamamos “realizado” y “exitoso” a lo largo de todos los tiempos. Tal cómo nos lo dijo José Ortega y Gasset .......
“Vivir es sentirse perdido .... aquel que acepta eso habrá empezado a encontrarse así mismo. A pisar en suelo firme. Es como el náufrago que encuentra algo de qué agarrarse. Eso le traerá orden en el caos de su vida. Esas son las únicas ideas genuinas. Las ideas del náufrago. El resto es retórica, posturas falsas. Aquel que no se sienta realmente perdido no podrá salvarse, es decir, nunca se encontrará asimismo, nunca enfrentará su propia realidad."
El conocer y aceptar la ansiedad y la culpa ontológica tienen efectos constructivos en la personalidad del hombre. Específicamente, puede y debe conducir a la humildad, la sensibilidad en las relaciones de uno con los demás seres humanos y una mayor creatividad en el uso de las propias potencialidades. Ese cambio es cuando el ser comienza a trascender.
Es aquí entonces cuando el hombre siente compasión por sí mismo y en consecuencia por los demás. Es ahí en donde como si fuera un manantial la humildad se apodera de él. Es esa compasión y humildad lo que nos hace genuinos, sin armaduras para reprimir el amor hacia aquellos que lucen distintos y con preferencias distintas con las que crecimos. Será solo entonces, cuando el hombre finalmente trasciende, llega a ser y se hace eterno.
J.D. Sosa (2021) K
