La Guerra Cultural por Regresar al Pasado
Por José Domingo Sosa, Ph.D.
Ibn Khaldun fue un sociólogo, filósofo e historiador árabe musulmán de la edad media que ha sido descrito como un precursor de la historiografía, la sociología y la economía. Pensadores como Niccolò Machiavelli del Renacimiento, Rousseau en la Ilustración, Friedrich Hegel y los eruditos europeos del siglo XIX reconocieron ampliamente la importancia de sus obras. El historiador árabe escribió que los hombre al principio fueron libres e iguales bajo el tribalismo; y ahora crecen bajo el nuevo sistema de la realeza y el estado y por eso imaginan que las cosas siempre fueron así y las aceptan sin quejarse.
Karl Marx repitió la misma tesis siglos después: los hombres viven humillados bajo la tiranía y el auto-engaño porque ya no comprenden las condiciones de su libertad natural. Los marxistas todavía hoy pregonan esta filosofía de la historia como la caída de los hombres puros en estructuras sociales corruptas y por ello su rampante enajenación.
Una de las grandes virtudes del hombre como animal pensante y simbólico es que para aliviar su ansiedad natural vive de esperanzas que alimenta a través de las ideas de un mundo utópico de igualdad y armonía que le son muy atractivas. Igualmente le son atractivas las ideas de una vida eterna después de la vida. Las ilusiones no son malas hasta cierto punto. El problema es cuando las ilusiones se convierten en engaños y estafas.
Esa idea de que el hombre es bueno y es el estado y la sociedad en general quienes lo oprimen y enajenan, ha sido totalmente descartada como causa primaria de su condición desde hace ya más de 100 años. Gracias al estudio psicodinámico de esa misma historia ahora la vemos como realmente ha sido en términos psicológicos. Desde el exterior o mejor dicho por afuera, cómo una saga de tiranía, violencia y coerción; y desde adentro, cómo un autoengaño y autoesclavitud.
Lo que pasa por dentro es lo que se denomina cómo la trágica condición humana. Los hombres se han puesto las cadenas impuestas por los poderes de sus ancestros muertos, luego los chamanes y caciques, los sacerdotes, los reyes divinos, los jefes de estado y por supuesto ahora los llamados caudillos y líderes carismáticos. Hoy comprendemos la dinámica interna de esta larga historia de autodegradación: los hombres necesitan de lo que Freud llamó cómo la “transferencia” para poder soportar su condición. El hombre se inmuniza contra el terror localizando un objeto en el cual puede proyectar su ansiedad y necesidad de sobrevivencia.
Freud vio que el paciente en análisis desarrollaba un intenso apego a la personalidad del analista. El analista se convertía en el centro de su vida, el objeto de todos sus pensamientos, una completa fascinación. Al ver que se trataba de un fenómeno extraño, Freud lo explicó como transferencia, es decir, la transferencia de sentimientos que el paciente alguna vez tuvo hacia sus padres a la nueva figura de poder en su vida, el psicólogo.
Ampliando sus hallazgos en un marco teórico utilizando la transferencia como un mecanismo universal, Freud dirigió su investigación a la psicología del liderazgo y produjo su “Psicología de Grupo y el Análisis del Yo”. En menos de 100 páginas, explicó por qué los hombres eran tan parecidos a ovejas cuando funcionaban en grupos: cómo abandonaban sus egos al líder, identificándose con sus poderes tal como lo hicieron una vez cuando, como hijos dependientes, se sometieron a sus padres. Gradualmente, a través de los trabajos de Adler, Rank, Fromm, Jung y otros, hemos visto un cambio en el énfasis hacia una visión más integral de la transferencia, basada en Freud. De modo que hoy podemos decir que la transferencia es un reflejo de la fatalidad de la condición humana. La transferencia a otro ser poderoso que se encarga del abrumador universo. La transferencia a un poderoso que maneja el miedo a la vida y la muerte.
Esa necesidad de creer y seguir a un caudillo liberador y más aun a uno que también es una fuente para la vida eterna ha sido la causa principal de las diferencias entre los hombres a través de toda la historia. Mi líder y sus ideales vs tú líder y sus ideales. Mi vida depende en que mi sistema se imponga al tuyo.
Esa es la guerra cultural sobre la que habla Alejandro Peña Esclusa. El marxismo del Foro de Sao Paulo vs. el ultra conservador Foro de Madrid que él representa. Los comunistas con su ideología colectivista de un paraíso de igualdad entre los hombres vs. los conservadores con su ideología moral del judeo-cristianismo.
El resultado es una de las grandes tragedias de la existencia humana. Es lo que podríamos llamar la necesidad de "fetichizar el mal", la proyección en el chivo expiatorio, o la sombra que nos explicó Carl Jung de ubicar la amenaza a la vida en lugares especiales donde pueda ser aplacada y controlada. Es trágico precisamente porque generalmente es una acción arbitraria: los hombres se hacen fantasías sobre el mal, lo ven en los lugares equivocados y se destruyen a si mismos atacándose inútilmente.
Ambas alternativas siguen cayendo en la transferencia colectiva de sus individualidades en otro ser o seres. Continúan peleando por la hegemonía de un error. Lo correcto sería que todos lucharan por la libertad individual en donde no se adora a nadie que no sea algo distinto que la tolerancia. La tolerancia por la libertad y diversidad de todos.
Desafortunadamente esos líderes en conflicto permanente en esa guerra cultural, no caen en cuenta que mientras se matan entre ellos, el mundo ha ido progresando a pasos agigantados. Los asombrosos avances tecnológicos de hoy son solamente una representación parcial del individualismo triunfante a pesar de todos los esfuerzos de los movimientos colectivistas del marxismo y las religiones invasivas por regresar al pasado.
Putin y su invasión a Ucrania representa esos mismo valores que tratan de imponer las partes en el conflicto de la llamada guerra cultural entre marxistas y la extrema derecha creyente. El común denominador de todos ellos es el temor a la individualidad que cada quien tiene por sus libres preferencias. Preferencias de credo, sexo, género, ocupación, planificación familiar, movimiento inmigratorio y en fin la preferencia por el respeto hacia la tolerancia e integridad del carácter de los demás. Ese es el camino hacia el progreso que Ucrania representa y que Putin tanto teme.
