Wednesday, February 2, 2022

El Caso de Eduard Einstein

El Caso de Eduard Einstein


Por: José Domingo Sosa, Ph.D.


Un apreciado colega me recomendó leer un libro sobre el caso clínico de Eduard Einstein. El libro fue escrito por Laurent Seksik un médico nacido en Niza que se ha dedicado a escribir literatura. Lamentablemente el libro no está traducido al español ni al inglés y me tocó leerlo en francés y por supuesto no me fue fácil. No obstante, me pareció interesante y por eso aquí trataré de contarles la historia de este sufrido hombre a través de mis comentarios y algunas  referencias y especialmente de estrofas extraídas del libro que intenté traducir usando la computadora. 


Eduard Einstein nació el 28 de julio de 1910 en Zúrich, Suiza. Fue el segundo hijo del físico Albert Einstein y su primera esposa, Mileva Maric. Tuvo un hermano mayor, Hans Albert Einstein, seis años mayor que él. La familia se mudó a Berlín y antes de que Eduard cumpliera 5 años, sus padres se divorciaron y la madre Mileva se regresó a vivir en Zúrich con sus dos pequeños hijos.


Desde que nació, Eduard fue un niño débil y enfermizo, hecho que lo privó aún más de compartir tiempo con su padre ya que su delicado estado de salud le impedía visitarlo o acompañarlo en sus viajes. En una carta a un compañero de trabajo fechada en 1917, Albert Einstein expresó su preocupación de que su hijo no pudiera crecer como una persona normal.

A pesar de todo, desde muy temprana edad Eduard comenzó a sobresalir académicamente, mostrando interés en áreas como la literatura, la música y, tal vez motivado por su propia patología, siempre deseó estudiar psicología. Fue un gran admirador de Freud y Jung, y gracias a la influencia de sus padres se matriculó en el Instituto de Zúrich para estudiar medicina. Sin embargo, estudiar en el mismo lugar que su padre fue difícil para él. Registros de ejercicios de autoanálisis revelan que el joven Einstein reconoció tener baja autoestima debido a las constantes comparaciones con su padre.


El libro de Seksik sobre la vida de Eduard comienza así: 


“Más bien parece que el diablo se ha apoderado del alma de su hijo, dijo la enfermera que la acompañó a la escalera exterior y escuchó pacientemente su historia. Una vez más relató los hechos que la llevaron allí. No omitió ningún detalle. Todo parecía importante y podía ser útil. La enfermera le habló amablemente. “No sea escrupulosa, señora Einstein. Ha hecho muy bien en venir aquí. A veces por el bien de nuestros seres queridos nos obliga a ir en contra de su voluntad. Además, no pierda la esperanza. Estamos en 1930. La ciencia avanza a pasos agigantados. No tengo que ser yo quien se lo diga, señora. No se preocupe, mantendremos los ojos bien abiertos. Adiós, señora Einstein".” 


Y así se despidió la enfermera encargada en el famoso hospital psiquiátrico “Burghölzli” en Zúrich después que la madre había llevado a Eduard para internarlo allí. Ese es el mismo hospital en donde por muchos años Carl G. Jung se entrenó y ejerció la psiquiatría después de graduarse de médico y además allí realizó trabajos de investigación que han sido fundamentales para la psicología moderna desde entonces. Durante casi todos los años que Eduard Einstein estuvo allí, Jung asistió al hospital para dar clases y tratar pacientes hasta que Jung falleció.


“Hoy el cielo está gris, anuncia lluvia. Un velo de niebla envuelve la ciudad. La iglesia adyacente a la casa apunta su campanario hacia la niebla. El lugar con el que está tan familiarizada le parece inaccesible. Está entumecida por el frío, ya no siente los dedos. Tomar la carretera que baja a la ciudad. Una fina capa de nieve cubre el pavimento. Corre el riesgo de tropezar a cada paso, casi se arrepiente de la ambulancia en la que se subió en el primer tramo. Se jura a sí misma no darse la vuelta. Fracasa su juramento cada diez pasos. Su mirada se pierde en medio de las innumerables ventanas del Burghölzli. Parece que el edificio ocupa todo ese lado de la montaña, que aplasta el horizonte. Ese lugar debe cobijar a las almas en pena. Recuerda los gritos de las voces angustiadas, las espantosas carcajadas. Vuelve a ver a su hijo entre las delgadas figuras, inmóviles o decididos a columpiarse en su sitio. Hombres que han olvidado la dulzura de vivir. Ya nada les toca, ni mandatos ni palizas. Un desprecio salvaje está pintado en sus rostros, un odio que no es nada comparado con los miedos que aprietan sus corazones como una hoja de papel arrugada. Hubiera preferido que fuera ella en lugar de Eduard. Ella es una prisionera y él un hombre libre. Él caminando por la calle y ella encerrada.”  


Palabras menos, palabras más, Eduard cuenta lo siguiente:


“A pesar de las apariencias, continuo en mi primer año de medicina. La Facultad de Zúrich es una de las mejores de Europa. Me quedo en mi habitación estudiando durante semanas sin asomar la nariz. Mi padre me recomienda que tome un poco de aire. Fácil para él decirlo. Necesito aplicarme mucho. Yo no soy Albert Einstein. ¿Y sabes a qué especialización me gustaría orientarme? ¡Sueño con ser psiquiatra! Al final, creo que tomé el atajo correcto: entré a la clínica por la entrada principal. Sé que Jung fue asistente en este lugar. En estos días, mi forma de pensar ya no es normal. Mis actos escapan a mi voluntad. Todo tipo de cosas explotan en mi cerebro. Es como si me estuvieran persiguiendo. ¡Veinte años de edad! No duermo por la noche. Durante el día, peor que peor. Cuando abro los ojos, los objetos se mueven, toman formas extrañas. Ya no hay nada sólido, nada que tenga aristas. Caras sonrientes se confunden en la pared. Escucho que tocan la puerta y cuando la abro, ¡nadie! También están esas personas que sé, me quieren hacer daño. La semana pasada, vi a un tipo colarse en mi habitación y me dijo unas cosas que me resultaron sospechosas. A principios de septiembre, una gran multitud se reunió bajo mi ventana agitando pancartas en las que estaba plantada la cabeza de mi padre. Afortunadamente, los rumores finalmente se silenciaron. Las multitudes guardaron silencio. Ese sentimiento no se lo deseo a nadie.”


Mientras tanto en Alemania las cosas se le están poniendo cada vez más difíciles al padre genio, Albert Einstein. 


“El otro gritó: "¡Sucio judío! ¡Volveré a buscar tu piel!”. Goebbels lo menciona en sus discursos. Parece estar en el tope de la lista de personalidades a eliminar. El profesor Lenard, premio Nobel de 1905 y enemigo desde hace mucho tiempo, lo ataca sin descanso. El hombre de ciencia de Hitler organiza conferencias, publica artículos de una violencia sin precedentes. La relatividad sería una ciencia judía, indigna de la comunidad alemana. La fórmula E = mc² habría sido concebida por Friedrich Hasenöhrl. Un descubrimiento ario. El comportamiento de Lenard fue el tema de su reunión con Max Planck en el instituto. Albert había ido a solicitar el apoyo del gran jefe de la ciencia alemana. Sabe que disfruta de la amistad inquebrantable del viejo científico. Planck le abrió las puertas de la universidad alemana veinte años antes. Es él quien lo reveló al mundo en 1905 al publicar su artículo sobre la relatividad en Annals of Physics.”


“Planck lo escuchó y, después de un silencio pensativo, respondió: “Querido Albert, te ayudaré lo mejor que pueda. Lenard, sin embargo, disfruta de mucho apoyo. Y luego él también es un premio Nobel de física. ¿Cómo puedo tomar partido? Muchos ya me reprochan tu mera presencia en el instituto. Si me opongo a Lenard, me acusarán de parcialidad, me acusarán de simpatía por los judíos. Se dirá que soy enemigo del pueblo alemán. Lo único que te puedo recomendar -y te hablo como amigo- es la prudencia. No vayas más a desafiar a esas hordas en los anfiteatros. Los tiempos han cambiado, querido Albert. Los hombres como yo pertenecen a otra época. No debería decirte eso, pero... si yo fuera tú, aceptaría la oferta de ir a enseñar a Estados Unidos. Allí ya no tendrás que temer por tú seguridad. Podrás trabajar con total tranquilidad. Déjale la política a Lenard. Tu trabajo, Albert, no está terminado, ¡eso es lo que cuenta!”. Dio las gracias al anciano y se despidió aún más enojado que antes de la reunión.”


“Ve el edificio número 5 en Haberlandstrasse en la distancia. En el séptimo piso, las luces están encendidas. Sientes una especie de alivio al volver a casa. Piensa que tal vez Planck tenga razón. Debería aceptar la oferta de trabajar en Estados Unidos. Allí no encuentra ningún signo de esperanza. La lucha que se está librando parece haberse perdido desde el principio. Elsa (la segunda esposa de Albert) colocó una taza de té sobre el mantel de lino blanco con inserciones de encaje que compró en Hamburgo. A su mujer le importa ese mantel incluso más que la vajilla de porcelana antigua que guarda en el armario de la pared. A veces se burla de su pasión por las antigüedades. Por su parte, le reprocha el dudoso gusto del icono ruso engarzado en plata maciza que preside la mesa redonda. Y ese sable oriental, regalo del emperador de Japón, ¿qué hace junto a la reproducción de las Tablas de la Ley? Su lugar debe estar en el sótano. Quien odia las marchas militares ama, como nada en el mundo, pasear por el Zeughaus, en Unter den Linden, extasiarse frente a las armaduras de los cruzados, los cascos sarracenos expuestos en los escaparates de los anticuarios. Mientras bebe té, escucha la radio. Durante varios minutos, la emisora ​​ha estado emitiendo una serie de extractos de declaraciones de Hitler y varios líderes nazis.”


Mientras el padre estaba sometido a la persecución política de los Nazis en Berlín, Eduard y su madre en Zúrich se enfrentaban a los síntomas que él comenzaba a padecer. Otro tipo de persecución distinta a la de su padre, esta era paranoica.


“Repetiré todo, Albert. Tienes que saberlo todo desde el principio... Te advertí que, desde hacía ya unas semanas, Eduard no estaba bien. Permaneció encerrado en su habitación sin salir nunca, acostado en la cama. Dormía durante el día y permanecía despierto por la noche. A las cuatro de la mañana todavía estaba allí deambulando por el apartamento, escribiendo cartas a sus amigos advirtiéndoles sobre la persecución de los Nazis a los judios. Luego toca el piano. Y cuando traté de razonar con él, me maltrató. Sus frases se hicieron cada vez más confusas, sus maneras violentas. Se fue al balcón, empezó a gritarle a todo el universo. Llegó la policía, el comisario Feurberg se molestó, habló con Eduard. Cuando se fue, Eduard salió al balcón e insultó a la policía. Anteayer vino a verme mi amiga Svetlana. Le serví una bebida en la sala de estar. Pensé que estaba dormido. De pronto apareció, la miró como si la viera por primera vez. Luego se miró los zapatos. Permaneció en silencio durante un largo rato, como si estuviera ausente.”


Juliusberg es el único médico en que Albert Einstein confíaba. Juliusberg era un viejo amigo de él. Einstein no quería que Eduard se viera con Freud y menos con la docena de psicoanalistas que conoce. No creía en el psicoanálisis; sólo reconocía las ciencias exactas. Es posible que, para casos menos graves que la enfermedad que se conoce con el nombre de neurosis, el análisis tenga ciertos efectos curativos. Pero está claro que Eduard no padecía una neurosis, y según Juliusberg él sufría de psicosis y específicamente diluciones de persecución paranoicas. El trastorno delirante o psicosis paranoica es un trastorno psicótico caracterizado por ideas delirantes no extrañas en ausencia de cualquier otra psicopatología significativa.  


“Ir a una consulta en Viena, en el número 19 de la calle Berggasse, dirección del consultorio y apartamento de Freud, no sería de ninguna ayuda. Más de una vez en el pasado, le ha confiado sus preocupaciones sobre Eduard a Juliusberg. Las crisis en la infancia, la extrañeza de su comportamiento. Juliusberg no había ocultado sus temores en aquel entonces. Ahora que las cosas se han complicado, Albert quiere el diagnóstico de su amigo. Al otro lado de la línea, Juliusberg lo escucha describir la situación y hacer algunas preguntas. Después de eso, él le explica: es difícil nombrar la enfermedad que Eduard padece. Pronto lo sabremos en forma definitiva. Lo único bueno es que Burghölzli es el lugar para estar. Jung todavía trabaja allí y Minkel es alumno de Bleuler. Eduard está en buenas manos. Llevarlo a Berlín no es una buena idea, Eduard necesita calma y un largo viaje solo agravaría su situación. Y luego tu hijo, en Alemania, dado lo que está pasando allí, es impensable. Los pacientes son muy sensibles al ambiente externo. ¿Eduard hospitalizado en Berlín? Imagina la primera página de los periódicos. ¡El hijo de Einstein está en un manicomio! Y piensa en los otros pacientes que se enteran de su presencia. Por no hablar del personal médico y paramédico. Eres un enemigo público, Albert, el enemigo del pueblo alemán. Tu solo nombre causa un odio inmenso. Esto sólo podía aumentar el caos en la mente de Eduard. En cuanto a llevarlo a Viena... Me confiaste que no confías en Freud. Y luego Viena y Berlín, en lo que a nosotros respecta, son lo mismo... No, tu hijo está a salvo en Suiza. En cuanto a esperar una pronta recuperación, amigo mío, es inútil mentirte... Tal vez podamos esperar una mejoría. Será lento y doloroso... En cuanto a la cura, por ahora, las opiniones están divididas. La mayoría de mis colegas neurólogos compartirán su escepticismo sobre los beneficios de un análisis. Y pienso de la misma manera. Hay quienes dicen que puede funcionar. La esposa de Joseph Roth parecía estar mejor por un tiempo. Hoy sabes como yo en qué condición está reducida. No tenemos mucho... Opio, cloral, no hablemos de eso... El Dr. Sakel en Viena ha probado recientemente un tratamiento con altas dosis de insulina en casos severos. Provoca un coma farmacológico. Esto priva al cerebro de azúcar. Sakel dice que el exceso de glucosa está causando el malestar. El tratamiento reduciría la agitación del paciente, actuaría - al parecer - sobre el delirio. Sigo siendo escéptico. Se produce un shock hipoglucémico. Las células nerviosas se atrofian. En mi opinión, esto puede causar daños... Oye, lo importante ahora es que veas con los ojos. Que juzgues por ti mismo el estado de tu hijo... Vamos, Albert, lo necesitarás'.”


Mientras Eduard sigue como residente internado en el hospital psiquiátrico, Albert Einstein continúa luchando por irse a los Estados Unidos y escapar de la persecución Nazi. Las cosas han llegado a un extremo insoportable para su seguridad y hasta para su salud mental.


“Goebbels puso precio a la cabeza de Albert Einstein. Es el número uno en la lista de personalidades a eliminar, por delante de Thomas Mann, Joseph Roth, Ernst Weiss, Walter Benjamin, Alfred Döblin, Arthur Kern. Vale cinco millones de marcos. Un mes antes, en la costa belga donde ahora vive temporalmente, dos miembros de la Gestapo fueron detenidos cerca de su domicilio. Su amigo Michele Besso le dijo: «Tú y Eduard comparten el mismo destino. Los dos tenéis a alguien que os sigue como una sombra". 


Albert desea visitar a Eduard antes de irse a América pero se pregunta una y otra vez ¿En qué condiciones lo encontrará? ¿Qué actitud  y  ánimo tendrá su hijo hacia él? Las últimas cartas del joven están llenas de extrema ira. El hijo tiene un odio ilimitado por su padre. Albert no sabe si debe tomar sus palabras al pie de la letra: ¿qué es verdad y qué es fruto de su paranoia?


Finalmente, Albert no puede ir a visitar a Eduard y se va directo a los Estados Unidos. Durante los siguientes 20 años padre e hijo no tienen contacto en persona. Albert continúa con sus éxitos como físico y profesor en la Universidad de Princeton y  Eduard ha mejorado mucho en Suiza, sus episodios paranoicos son menos frecuentes y ahora ha aprendido a calmarse y pedir ayuda antes de perder el control. En otras palabras, ha aprendido a gerenciar su patología. Durante esos 20 años ha pasado por sensaciones angustiantes, tales como la de estar siendo perseguido por fuerzas incontrolables (manía persecutoria), o sentirse como el ser elegido para una alta misión, como la de salvar al pueblo judio. También la paranoia se le ha manifestado igualmente en delirios por celos, en el delirio erotomaníaco, el delirio somático, etc. Muchas veces le ha sucedido que enfatiza en evitar una acción, aunque la desea, con el pretexto de no causar conmoción: "Leí en el periódico unos artículos sospechosos redactados en clave y preferí no escribirle al editor para evitar una fuerte confrontación, tuve miedo de salir lastimado". Metafóricamente piensa que algo que le agrada en realidad le ocasionará daño.


“Una mañana de julio, el mismísimo supervisor del Burgholzli, Heimrath se presentó en la puerta principal de mi nueva familia y pidió verme. Llevaba una gran sonrisa. Lo acompañé a su auto, ni siquiera sabía que podía tener su propio carro. Heimrath me llevó a la clínica. Fue una sensación realmente extraña volver a Burghölzli en un vehículo que no fuera una ambulancia. Una vez estacionado el auto, el encargado Heimrath me dijo: “Prefiero advertirte porque quiero evitarte pasar por emociones fuertes. ¿Sabes qué día es hoy?". "Sabes muy bien que he perdido la noción del tiempo en el pasado". “Hoy es 28 de julio. ¿Te dice algo?" "Recuerdo haber nacido el 28 de julio, pero eso fue hace mucho tiempo". “Hoy es 28 de julio de 1950, Eduard. Naciste el 28 de julio de 1910; significa que hoy cumples cuarenta". "¿Quieres decir que es una especie de mi cumpleaños?" "Absolutamente sí." Se me llenaron los ojos de lágrimas ante tanta atención toda para mí, y el encargado prefirió dejarme bajar del auto para evitar excesos. Él sabe que lucho por controlar mis emociones. Entramos al edificio, atravesamos el amplio corredor, subimos al primer piso rumbo a la sala de recepción. El supervisor Heimrath empujó la puerta y aquí estoy parado frente a usted, en fila, ¡el Dr. Minkel, Gründ y Forlich, Herbert Werner, Alfred Fregzer y Maria Fischer! Cantan un "¡Feliz cumpleaños, Eduard!" Detrás de ellos se escucha un poco de música y el número 40 está colgado en la pared, recortado de papel de regalo, ¡como los años que tengo! Se me permite beber una copa de champán a pesar de que el alcohol está prohibido para mí. Todos me besaron, incluso Gründ. Los invitados charlaron unos minutos y María se me acercó, me miró a los ojos y susurró: "Aquí está mi regalo, Eduard". Puso sus labios en los míos. Aún hoy no entiendo. Momentos después, el supervisor Heimrath dijo: "Vamos, Eduard, tengo que llevarte de regreso". Tomamos el carro y nos fuimos. Una vez frente a la casa donde me hospedo, el supervisor Heimrath me entregó un paquete diciendo que era su regalo. Me conmovió más allá de lo creíble. Retiré el papel con cuidado, lo doblé en cuatro, lo deslicé en mi bolsillo y descubrí el libro que me regaló. En la portada, había una fotografía de mi padre. Mi primer impulso fue romper el volumen. Entonces me di cuenta de que, desde que murió mi madre, nadie me había dado regalos y que tal vez por el resto de mi vida nadie me hubiera dado más. Reprimí mi ira y agradecí al supervisor Heimrath. "Sabía que te gustaría", respondió. En la foto, apenas pude reconocer a mi padre. Parecía un anciano, con esa frente increíblemente arrugada y el pelo blanco. Como ya no recordaba cuándo fue la última vez que lo vi, le pregunté. El supervisor Heimrath pensó. Sólo sabía que había entrado en el Burghölzli cuando tenía veinte años y ahora tengo cuarenta por lo tanto, pasé la mitad de mi vida en el Burghölzli y la otra mitad fuera. No sé cuál de estos dos períodos debo considerar como el más feliz de mi vida. Odié mi infancia. Incluso los electroshocks, sin embargo, no dejan grandes recuerdos. Le pregunté al supervisor Heimrath qué período de vida debería preferir. Respondió sin dudar: "El momento presente". Parece fácil, pero ¿cómo pensar en el momento presente? No quiero filosofar. El supervisor Heimrath y yo nos despedimos. Corrí a la habitación que me habían asignado y comencé a leer el libro. Había todo tipo de pensamientos confusos. Sobre cada tema, una idea. Yo no sabía que se publicaban cosas así, que había gente que compra estas cosas. ¿Hay alguien que se aprenda de memoria las frases de mi padre para recitarlas durante las cenas y embellecerse a costa de otro? ¿O los toma como un curso de acción? ¿Una moraleja para todas las ocasiones? Escuché varias palabras salir de la boca de mi padre y ninguna de ellas merecía ser escrita. O me olvidé de cuáles. Todo esto sucedió hace bastantes años.”


Eduard celebró en grande su cumpleaños número 40 en Zúrich y su padre empezaba a sufrir de otro tipo de persecución en USA.  Transitaban los años de la locura anti comunista del MaCartismo.


“El New York Post del 12 de febrero de 1950 tituló: "¡Einstein, el impostor rojo prohibido!" Einstein se ha convertido en un enemigo de América. A sus setenta años, blanco privilegiado del poder. En el Dallas Times Herald, el senador de Mississippi, John Rankin, afirma: "Deberíamos haber expulsado a Einstein hace años debido a sus actividades comunistas". El propio John Rankin aseveró, ante el Congreso: “El pueblo estadounidense comprende, poco a poco, quién es realmente Einstein… Con el fin de difundir el comunismo en el mundo, este agitador de origen extranjero utiliza el correo para recolectar el dinero destinado a manipularnos. Hago un llamamiento al fiscal general para que detenga el negocio de Einstein '. El MaCartismo ha corrompido las conciencias. En el país hay un clima de informar. En todas las universidades, se alienta a los profesores a informar a sus colegas. Sus amigos están acusados ​​de espionaje para los soviéticos. La más mínima declaración de apoyo a un movimiento pacifista, la pertenencia más antigua a una organización de izquierda puede dar lugar a un subcomité, puede dar lugar a una prohibición de la sociedad. El mero hecho de haberse puesto del lado de los republicanos españoles en la década de 1930 se considera alta traición. Escribió a su amiga, la Reina de Bélgica: «Aquí vuelve a hacer estragos el flagelo alemán de hace unos años. La gente inclina la cabeza y toma partido por las fuerzas del mal. En todas partes, sólo brutalidad y mentiras. Y nos quedamos allí, impotentes». El secretario de Estado Dulles admitió en la portada del New York Times que, después de examinarlos, algunos libros de cuarenta autores sospechosos de simpatizar con la URSS fueron quemados por funcionarios estatales. En las escuelas, los maestros hacen un juramento de lealtad. Revive las horas oscuras. Su amigo Oppenheimer es perseguido. La caza de brujas está en su apogeo. Es un colgante de horca otra vez. Se le acusa de ser el propagandista de Stalin... él que siempre se ha negado a ir a la URSS. Le escribió a Stalin solo dos veces, una carta de apoyo a Trotsky en fuga, una solicitud de liberación para Raoul Wallenberg, el sueco que salvó a miles de judíos húngaros y se encontró prisionero en Lubyanka. Recientemente, los periódicos desenterraron un viejo artículo que debería ser colgado en la pared, publicado en el primer número de la Revista Mensual, titulado: "¿Por qué el socialismo?". donde explicó: "La anarquía económica de la sociedad capitalista actual es en mi opinión la verdadera fuente del mal". Es un enemigo del capitalismo. Un enemigo de los Estados Unidos. John Edgar Hoover ha jurado destruirlo. Se rumorea que el expediente de Einstein en el FBI es más grueso que la Biblia. Si la campaña orquestada en su contra se expande, se verá obligado a abandonar el país. "¡Destierra a Einstein!" ¿Podría haber imaginado tales titulares allí en Estados Unidos, veinte años después de los de los periódicos nazis? Le escribió a Otto Nathan: Ya no puedo adaptarme a la gente de aquí, ni a su forma de vida; Ya era demasiado mayor para hacerlo cuando llegué aquí; y, a decir verdad, la situación no es muy diferente a la de Berlín.”


Extracto de la nota necrológica aparecida el 19 de noviembre de 1965 en el semanario de Zúrich Wir Brückenbauer (Edificio), donde se toma el retrato de Eduard Einstein dibujado unos dos años antes por un periodista: 


“Eduard Einstein vestía un mono azul y zuecos, y parecía tanto como su padre que me horrorice. Lo que más bonito tenía eran sus ojos: unos ojos enormes, profundos, luminosos, de niño, y nos miraba como nos mira su padre Albert Einstein en las fotos... Me explicó que le hubiera gustado tocar el piano pero que su música molestaba a los otros pacientes, lo cual él entendía. No le gustaba trabajar en el campo, pero por otro lado entendía que era beneficioso para él. Hubiera estado feliz de solo dormir, pero sabía que no era algo bueno... Finalmente, confesó: "Tener al genio del siglo como padre nunca me ha ayudado". La foto que aparece en la portada de la edición original en francés es la evocada en el episodio del encuentro entre Eduard Einstein y el periodista de Wir Brückenbauer. Fue tomada en la clínica psiquiátrica Burghölzli. Es la última fotografía de Albert Einstein y su hijo juntos.”


Eduard Einstein murió de un derrame cerebral en 1965 a la edad de 55 años. Sobrevivió a su padre por 10 años. 


JDSosa (2022) (a)

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