La Secularización Espiritual en estos Tiempos
“Algunas personas creen que la alternativa a la antigua religión es el secularismo, pero eso es un error. . . . La respuesta a la vieja religión es una mejor religión: personal e individual en lugar de partidista, amplia y profunda en lugar de estrecha, y basada en valores y acciones en lugar de dogmas”. ― Jim Wallis
“La religión natural... es la última de las religiones en desarrollarse y la heredera de todas las demás. . . el hombre natural no es nuestro bruto antepasado, sino el último hombre que estamos viajando para llegar a ser.” — Jean Jacques Rousseau
Por: José Domingo Sosa, Ph.D.
En estos tiempos de la posmodernidad el hombre se ha caracterizado por tener poca conciencia de su conciencia y por ello ha creado cualquier cantidad de versiones religiosas y espirituales. Dicho de otra manera, la secularización de las religiones ha creado nuevas formas de ser creyente en medio de una gran paradoja.
En las siguientes líneas trataré de explicar el surgimiento de esa paradoja entre la secularización caritativa-espiritual del individuo y el fundamentalismo religioso-utilitario de las iglesias. Para ello he seleccionado algunas de las ideas del filósofo, de nuestros días, como son el italiano Gianni Vattimo y el teólogo alemán-americano del siglo pasado Paul Tillich.
Vivimos en una época extraordinaria de avances tecnológicos, de crecimiento económico, globalización comercial, y múltiples culturas sumergidas en un mundo entrelazado por la comunicación digital vía satelital a todo los rincones del globo. En los últimos 50 años el mundo ha avanzado en ciencia y tecnología más que en todos los años transcurridos desde la antigüedad. No existe algo que pueda excluirse de no haber sido afectado por dicha realidad. Nuestra era es semejante a una nueva Torre de Babel.
La nueva Torre de Babel es de ideologías y creencias derivadas por la revolución industrial, el evolucionismo y el positivismo científico. En otras palabras, ese mundo babélico de la modernidad tardía llegó a certificar el anuncio nietzscheano de la muerte de Dios y el fin de la metafísica en la filosofía heideggeriana. Podría decirse que vivimos en un mundo en donde el “Dios moral y teísta” como base metafísica está muerto y enterrado. Pero el Dios moral es solamente lo que Blaise Pascal llamó “el Dios de los filósofos''. La buena noticia es que la muerte del Dios moral y teísta de la metafísica ha pavimentado el camino para la renovación de una nueva vida religiosa. Para Heidegger, el fin de la metafísica significa pasar de una concepción del Ser objetivo a una del Ser como “evento” caracterizado por una tendencia a lo indefinible o subjetividad.
El hombre ya no cree en un solo principio unificador o verdad absoluta. Igualmente, los ateos ya no tienen un argumento absoluto para decir que Dios no existe. El ateísmo filosófico murió junto al Dios de la moral. En otras palabras, la filosofía metafísica ya no existe, dando así rienda suelta a una diversidad espiritual que abarca a cualquier metáfora proveniente de la poesía, mitología, teología y hasta de la psicología. El reconocimiento de que la historia y el debilitamiento del Ser es similar a la secularización de lo sagrado en la tradición occidental, revela un amplio campo de reflexión para la filosofía y para la autointerpretación de la religiosidad.
La disolución de la metafísica, además, genera una apertura a la experiencia religiosa en el pensamiento filosófico, la cultura y la mentalidad colectiva de nuestra sociedad. Es posible que la renovada sensibilidad religiosa haya matado a la metafísica. Pero la acusación de que los fieles han matado a Dios tiene un significado aún más radical y quizás escandaloso; La secularización, la desviación de las características sagradas de la modernidad occidental, es un hecho dentro de la historia que no es ajeno ni hostil a la religiosidad misma, sino que la caracteriza más profundamente. La secularización de la civilización moderna es el modo positivo en que ella responde a la evolución de la tradición religiosa. La secularización ya no debe concebirse como un abandono de la religión, sino como la realización paradójica de la vocación religiosa del Ser.
Desde la perspectiva de la secularización y de la vocación por el debilitamiento del viejo y tradicional concepto de ser, la filosofía posmetafísica estudia los fenómenos múltiples del regreso de la nueva religión a nuestra cultura, exponiéndose así ella misma a su ineludible cuestionamiento.
Pareciera entonces que nos encontramos viviendo una era espiritual en donde el hombre encuentra que él (ser) no es el objeto de un sujeto, sino el ser de la ansiedad pura que busca el coraje necesario para existir auténticamente. Es decir, sin tener que transferir a otros su ser de manera tal de permitirse expresar libre y autenticamente sus potencialidades. Es esa ausencia transferencial e independencia de sí mismo la que ahora conduce al hombre a encontrarse en un mundo subjetivo, en un abismo, en dónde el mismo vacío es en esencia su razón para existir. Según Vattimo podríamos decir que, siguiendo las enseñanzas del Beato medieval Joaquín de Fiore, nuestra era es la etapa o Edad del Espíritu Santo.
Interpretando las profecías de Joaquin de Fiore, nos dice Vattimo, vivimos en la era del espíritu, es decir, la era en la que la Biblia ya no puede interpretarse literalmente como la única legitimación —aparte de Jesús— de la interpretación profética de las Escrituras. Las tres edades que componen el esquema histórico de Joaquín son relativamente conocidas y están inspiradas en las tres personas de la Trinidad.
Actualizando libremente la profética enseñanza de Joaquín de Fiore, podríamos asumir, entonces, que esta era espiritual se sirve de la ciencia y la tecnología para prescindir de la metafísica y del Dios moral y teísta y por ello es una época nihilista. Una época en la que nuestra religiosidad puede desarrollarse hacia la caridad que ya no dependa de una verdad. Ya no hay razón alguna para aplicar dogmas sobre cuya base la Iglesia (las Iglesias) en el pasado mató a todo tipo de herejes. No existe (no debería existir) nada más que caridad y aceptación del prójimo.
Esta era espiritual del Ser indescriptible a través de conceptos preconcebidos crea indudablemente un ambiente de confusión que trastorna, pero al mismo tiempo hace concretamente prometedor precisamente el pluralismo religioso y cultural. No sería demasiado atrevido decir que el sentimiento de gracia para la unión de la humanidad expresado por Novalis está impulsado ahora por motivos más concretos. Ha pasado del orden del sueño y de la intuición poética individual al orden cotidiano de la sociedad y hasta de la política. Los factores determinantes que han provocado esta transformación son en gran parte tecnológicos y socioeconómicos.
Esta es la misma secularización a la que se refiere claramente Max Weber en su descripción de la modernidad como la época de la racionalización capitalista del mundo, basada en una "aplicación" específica de la ética protestante, y más generalmente del monoteísmo judeocristiano. Entender la modernidad como secularización, es decir, como el desarrollo interior y "lógico" de la revelación judeocristiana, y captar la disolución de la metafísica como manifestación del Ser como acontecimiento, como su resultado filosófico, significa leer los signos de los tiempos, en el espíritu de Joaquín de Fiore y de sus discípulos espirituales como Novalis, Schelling y Tillich.
Pocos teólogos han podido capturar la imaginación del mundo moderno como Paul Tillich. Fue quizás el teólogo más importante que, a mediados del siglo XX, habló de manera convincente sobre la crisis de espíritu y mente que se cernía sobre la vida religiosa de las personas reflexivas. Descrito por un admirador como el "Apóstol de los intelectuales", Tillich, a través de sus numerosos escritos, primero en alemán y luego en inglés, proporcionó un nuevo vocabulario teológico para abordar la profunda inquietud provocada por el enfrentamiento de la modernidad y el sinsentido. Admirado por sus compañeros teólogos como un "teólogo de teólogos".
Los hombres religiosos respondieron a la modernidad ya sea tratando de acomodar las creencias religiosas a sus estándares de credibilidad, dando a luz a la posición teológica llamada `modernismo', o resistiendo la modernidad por completo y apelando con energía emocional con argumentos racionales a los fundamentos firmemente premodernos de la posición teológica del fundamentalismo. Lo secular, según Tillich, respondió al mismo dilema creando un absoluto cultural colectivista como en el comunismo y el fascismo, o un absoluto cultural conformista como en la sociedad capitalista estadounidense del siglo XX.
Gran parte de la respuesta intelectual al triunfo del modernismo secular se encuentra en la posición filosófica y cultural que conocemos como "existencialismo". El existencialismo es una serie de argumentos filosóficos que tienen que ver con la relación entre el individuo y Dios o el universo, que tienen en común una resistencia a las certezas metafísicas presupuestas por el período premoderno en la teología occidental. El existencialismo para Tillich, sin embargo, es más que la desacrilización de la cultura. Él escribió:
“[El existencialismo] no es invención de un filósofo bohemio o de un novelista neurótico; no es una exageración sensacionalista hecha por lucro y fama; no es un juego morboso con negatividades. Elementos de todos estos han entrado en él, pero en sí mismo es algo más. Es la expresión de la ansiedad del sinsentido y del intento de convertir esta ansiedad en el coraje de ser uno mismo ”.
La lectura espiritual del texto bíblico, y más en general del dogma cristiano, es necesaria para reconocer la esencia religiosa omnipresente de muchos aspectos de la sociedad secularizada y para permitir el diálogo integracionista de las iglesias cristianas entre sí y con otras religiones. El reconocimiento de la verdad de otras religiones, que comienza a suceder para muchos teólogos cristianos requiere un intenso esfuerzo de lectura espiritual de la Biblia y de muchos dogmas de la tradición eclesiástica, hasta el punto de ilustrar el núcleo de la revelación, es decir, la caridad. El precio a pagar por todo esto es el debilitamiento de todas las afirmaciones sobre la validez literal de los textos bíblicos y sobre la perentoriedad de la enseñanza dogmática de las iglesias cristianas y las otras monoteístas.
En esa misma línea del lenguaje explícitamente espiritual, se podría decir que el único límite de la secularización es el amor, es decir, la posibilidad de comunicarse con una comunidad de interesados en encontrar la fuente del coraje de ser auténtico entre todas las angustias existenciales. No es paradójico afirmar que la historia de la hermenéutica moderna es también un largo camino de redescubrimiento de la Iglesia. No deja de ser significativo para la Iglesia, que este reconocimiento brote del fin de la metafísica de la presencia, de la moderna teología y del advenimiento de la ontología existencialista.
La hermenéutica ontológica y la teología del Dios más allá que el Dios teísta de la moral reemplaza la metafísica de la presencia objetiva y la verdad absoluta. El ser está orientado hacia la espiritualización, el coraje y el alivio o, lo que es lo mismo, hacia la renuncia a la naturaleza divina, al menos en parte, por el mismo Cristo en la Encarnación. Es muy probable que la hermenéutica ontológica, que se genera a partir de la disolución de la metafísica de la presencia, sea no sólo un redescubrimiento de la Iglesia, sino también, y principalmente, la recuperación del sueño del Padre Joaquín de Fiore en la edad media llevado ahora a la nueva teología del siglo XXI.
J.D. Sosa (2021) N

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