BORRADOR
"La Paradoja Existencial”
“Libertad y Angustias en la Vida Interior del Hombre"
Por: José Domingo Sosa
“Algunos rechazan el préstamo de la vida para evitar la deuda de la muerte”. - Otto Rank
Jean Paul Sartre (1905-1980) consideró a la libertad como una especie de condena más que como un agradable picnic en un día soleado. Sartre comparó la libertad con las náuseas que sufrimos. Tanto lo pensó y dijo que llegó a escribir un libro con ese mismo título "Náuseas". No es la infinitud de la libertad la que está detrás de la angustia sino la infinitud de posibilidades e impotencias abiertas por dos características de las acciones humanas: su carácter imprevisto y su irreversibilidad.
Para Sartre la libertad es la categoría antropológica fundamental: el hombre no es consecuencia de determinismo alguno, ni biológico, ni histórico, ni social, ni teológico; es una consecuencia de lo que él mismo decide ser. Y este ser autor o responsable radical de uno mismo tiene varios efectos en el ámbito de los sentimientos y las emociones. De ahí su angustia existencial.
El miedo, la ansiedad, la culpabilidad y la conciencia, son elementos que permiten al hombre dar cuenta de su estado de libertad, en tanto que cada decisión y consecuencia, al no estar definida por una esencia (un ser superior) recaen en la absoluta responsabilidad del hombre.
El sentimiento de angustia nace por darnos cuenta de que todo lo que sucede es consecuencia de nuestras propias decisiones y nada ni nadie nos podrán ayudar. He aquí, el sentimiento de” arrojado al mundo” y de soledad; angustia de no tener a quien culpar por como uno decida vivir.
Por ello, el concepto de angustia parte por la responsabilidad, de estar plenamente conscientes de nuestra propia existencia, que conlleva al hombre a ser libre para dirigir y juzgar el transcurso o proyectos de su vida. Según Sartre, “no tenemos excusas detrás de nosotros ni justificaciones entre nosotros”. Se está “condenado a ser libres”.
En opinión de Martin Heidegger (1889 - 1976), al igual que Sartre, reconoce el estado de angustia en que vive el hombre, el cual Heidegger llama el Dasein, es decir, "el individuo en el mundo como un todo", dicho de otra forma, como Sujeto y Objeto al mismo tiempo. Según Heidegger, el Dasein no tiene porque seguir a una Divinidad, o apegarse a la razón o algún tipo de mandato de la naturaleza. El Dasein es lo que él decide ser. Esa libertad de no estar anclado o guiado por algo o alguien, es lo que hace que Dasein viva bajo angustia.
Ante su situación de angustia, al Dasein sólo tiene dos opciones, seguir al rebaño que se empeña en luchar contra su ansiedad, cumpliendo con todas las normas culturales de los demás o en su defecto, seguir la otra opción de aceptar a la angustia como algo natural y así, mantenerse fuera del rebaño con la satisfacción de ser distinto y en consecuencia auténtico.
Heidegger, hacia el final de su vida hizo una distinción aceptando que los Griegos no vivieron bajo el mismo contexto de angustia que ha estado presente para nosotros desde el Renacimiento y hasta nuestros días. Los griegos tuvieron y vivieron por sus héroes y dioses del Olimpo. Así como el Cristianismo nació, creció y vivió entre Santos y Pecadores hasta el final de la edad media. Pero ahora, como nos dijo Nietzsche, vivimos bajo un nihilismo al que Heidegger re-bautizó como "nihilismo tecnológico".
Para Heidegger, en contraste con lo reverenciado por la más antigua filosofía griega del Ser, la sociedad moderna ha creado una actitud puramente utilitaria hacia el Ser que lo ha despojado —y con ello a la humanidad entera— de su sentido esencial tanto así que en todas las empresas que integran las lista del Fortune 500 existen los famosos "Departamentos de Recursos Humanos". El hombre es un recurso útil como lo es la máquina, el capital y la tecnología. Esa condición de la historia actual es una clara muestra del nihilismo tecnológico.
Veamos que opinan otros pensadores más cercanos a la psicología profunda (Depth Psychology), tales como Sigmund Freud, Carl Jung y Otto Rank.
Pero antes aclaremos que hasta la llegada o el surgimiento de la psicología profunda a principios del siglo XX, el problema de la ansiedad desde la edad media y hasta mediados del siglo XIX residía en las provincias de la filosofía y teología, la ética y la religión. Los filósofos que se ocuparon más explícitamente de la ansiedad y el miedo fueron aquellos cuya principal preocupación no era la formación de un sistema intelectual abstracto, sino más bien los conflictos y crisis existenciales de los seres humanos vivos. Por tanto, no es un accidente histórico que las intuiciones más penetrantes sobre la ansiedad vinieron por parte de Spinoza, Pascal y Kierkegaard.
Entre los representantes de la psicología profunda fue el psicoanalista Otto Rank quien destacó la ansiedad del hombre como el miedo a la vida y el miedo a la muerte. Su expresión que lo resume todo fue; “Algunos rechazan el préstamo de la vida para evitar la deuda de la muerte”. Basó todo su sistema de pensamiento en esos dos principales miedos y mostró cuán fundamentales eran para la comprensión del hombre. Aproximadamente al mismo tiempo que escribió Rank, Heidegger llevó estos temores al centro de la filosofía existencial. El hombre es reacio a participar activamente en su abrumador mundo con sus peligros; se retrae de perderse en los apetitos devoradores de los demás, de sentirse fuera de control y atrapado en las garras de otros hombres, bestias y máquinas.
Por otro lado, Carl Jung hablaba de una fuerza y un coraje que el hombre promedio no tiene y ni siquiera podría entender. La carga más aterradora del ser es estar aislado, que es lo que ocurre en el proceso de la individuación: uno se separa de la manada. Este movimiento expone a la persona a la sensación de estar completamente ansiosa, aplastada y aniquilada por el mismo hecho de diferenciarse de los demás y responsabilizarse de sí mismo. Estos son los riesgos y extrema ansiedad que se genera cuando la persona comienza a modelar consciente y críticamente su propio marco de autorreferencia mediante su proceso de individualización. Particularmente esta es precisamente la definición del artista, o del hombre creativo en general.
La ansiedad, generalmente, es definida como una sensación de expectativa dolorosa frente a un "algo" desconocido, pero cuya naturaleza se presiente. A diferencia del miedo, que se refiere a un temor frente a situaciones externas y concretas, la ansiedad parece provenir del mismo ser y por lo general, el individuo no alcanza a captar de donde proviene con exactitud. Así mismo, la ansiedad es considerada como motor de la vida psicológica, y en la medida que refleja un conflicto hay vida psíquica.
Psicólogos han descrito a la ansiedad como una angustia existencial o normal pero que en algunos casos puede ser neurótica; así como la primera o normal se considera inherente a la condición humana, la segunda se caracteriza por su falta de funcionalidad y en consecuencia es una angustia patológica.
Si uno revisa las crisis políticas, económicas, empresariales, profesionales o domésticas para descubrir sus causas psicológicas, o si buscamos comprender el arte moderno, la poesía, la filosofía o la religión, nos tropezamos con el problema de la ansiedad en casi todos los casos. Las presiones y tensiones ordinarias de la vida en el mundo cambiante de hoy son tales que pocos, si es que alguno, escapan a la necesidad de enfrentar la ansiedad y lidiar con ella de alguna manera.
En su libro introducción al psicoanálisis Freud nos dijo, "No hay duda de que el problema de la ansiedad es un punto nodal en el que convergen las cuestiones más diversas e importantes, un enigma cuya solución seguramente arrojaría un torrente de luz sobre toda nuestra existencia mental".
Pero fue Søren Kierkegaard (1813 - 1855) el primero en tratar a la ansiedad desde un punto de vista existencialista, tanto fue así, que por eso es considerado como el padre del movimiento existencialista. Vió a la ansiedad como "mejor maestro" y añadió que siempre que surja una nueva posibilidad, la ansiedad también estará presente. Estas consideraciones apuntan a un tema que apenas ha sido abordado en la investigación contemporánea, a saber, la relación entre ansiedad por un lado y creatividad, originalidad e inteligencia por el otro.
Fue también Kierkegaard el que dijo, "Yo diría que aprender a conocer la ansiedad es una aventura que todo hombre debe afrontar si no quiere ir a la perdición, ya sea por no haber conocido la ansiedad o por hundirse en ella. Por tanto, el que ha aprendido correctamente a estar ansioso ha aprendido lo más importante".
Por su lado, el psicólogo existencialista Rollo May (1909 - 1994) nos dice que la ansiedad puede agudizar nuestra sensibilidad y asegurar la presencia de la tensión necesaria para preservar la existencia humana. La presencia de ansiedad indica vitalidad. Como la fiebre, testifica que se está librando una lucha dentro de la personalidad. Mientras continúe esta lucha, es posible una solución constructiva. Cuando ya no hay ansiedad, la lucha termina y se presenta la depresión.
Paul Tillich describió la ansiedad como la reacción del hombre a la amenaza del no ser. El hombre es la criatura que tiene conciencia de sí mismo, de su ser, pero también es consciente de que en cualquier momento puede dejar de ser.
Obviamente, Tillich estudió la descripción de Kierkegaard de la ansiedad como el "miedo a la nada". “no ser” no significa simplemente la amenaza de muerte física, aunque probablemente la muerte sea la forma y símbolo más común de esta ansiedad. La amenaza del no ser reside también en los reinos de la psicología y espiritual, es decir, en la amenaza del sinsentido en la propia existencia.
Generalmente, la amenaza del sinsentido se experimenta negativamente como una amenaza a la existencia del yo. Pero cuando esta forma de ansiedad se enfrenta afirmativamente, cuando el individuo se da cuenta de la amenaza del sinsentido y se opone a ella, el resultado es un fortalecimiento de la experiencia individual de la individualidad. Esto también es un fortalecimiento de su percepción de sí mismo como un ser que es distinto del mundo del no ser o de los objetos.
La ansiedad "tiene miedo", dice Kierkegaard, "sin embargo, mantiene una relación astuta con su objeto, no puede apartar la mirada de él, de hecho no lo hará. . . . " y agrega, “Si a uno u otro esto puede parecer un dicho difícil, no puedo hacer nada al respecto”. Y nuevamente, confirma que ansiedad es "un deseo por lo que uno teme, una simpática antipatía". La ansiedad es un poder extraño que se apodera del individuo y, sin embargo, uno no puede separarse ni tiene la voluntad de hacerlo; porque le teme, pero "lo que se teme, también se desea". Entonces, la ansiedad puede llegar a paralizar al individuo.
Resulta contraintuitivo y extraño leer el párrafo anterior, tratemos entonces de explicar lo mismo de otra forma más lúcida como; "un deseo por lo que tememos y un miedo por lo que deseamos" o quizás también "una atracción por lo que nos rechaza o una repulsión por lo que nos atrae".
Igualmente, creo que esta última aclaratoria es poco intuitiva de acuerdo a la forma en que pensamos cuando relacionamos al deseo y el miedo, la atracción y la repulsión.
Probablemente, la mejor manera es que examinemos este punto Kierkegaardiano con un ejemplo concreto:
¿Por qué sentimos miedo a las alturas?, el sentimiento de subirnos a un bloque de cemento de 6 pulgadas de alto debería ser igual que subirnos a una de esas plataformas transparentes que instalan ahora para los turistas en edificios de más de 30 pisos de alto. Sin embargo, sabemos que no lo es.
En ambos casos podemos estar seguros que no vamos a caer, simplemente porque la coordinación física necesaria para mantenernos en pie en ambos escenarios es exactamente la misma.
Quiere decir entonces que la diferencia entre sentirnos seguros sobre el ladrillo y en pánico en la plataforma nada tiene que ver con el peligro físico de caer. La diferencia tiene que ver con nuestro ser psicológico más que con nuestro ser físico.
Para Kierkegaard, la razón por la que da miedo pararse en la plataforma del edificio de 30 pisos de altura es porque una parte de nosotros sabe que está dentro del alcance de nuestra libertad de saltar y aniquilarnos.
Por eso es que la ansiedad tiene que ver con la realidad de nuestra libertad existencial. Dicho de otra forma, el verdadero asidero de nuestro temor es nuestra propia existencia. La posibilidad de destruirnos a nosotros mismo en cualquier momento es ontológica.
Podríamos entonces concluir que nuestros deseos son un tema complicado y no todos ellos son comparables al deseo de querer sentirnos felices para beneficiar nuestras vidas. Existe un profundo lado oscuro en nuestros deseos, miedos y ansiedades. Es la misma sombra sobre la que Jung escribió extensamente.
Entender este fenómeno filosófico y psicológico de nuestra existencia relacionado con la ansiedad nos ayuda también a entender nuestros comportamientos desconcertantes y autodestructivos, como sucede con aquellos relacionados con las adicciones, el auto sabotaje y comportamientos irracionales extremistas como por ejemplo el de las personas que permanecen aferradas a relaciones abusivas.
Para mi, un ejercicio radical sobre este fenómeno de nuestra ansiedad ontológica es experimentar qué se siente viviendo situaciones extremas. Además de indagar sobre qué se siente en el momento de vivir esas experiencias de ansiedad extrema, está estudiar el impacto que esas experiencias tienen en la psique de las personas que las viven en el largo plazo.
Un buen ejemplo para ilustrar lo anterior es el caso de las personas que practican deportes extremos. Por extremo me refiero aquellos deportes en donde se siente el mismo efecto psicológico de la plataforma transparente en el edificio de 30 pisos de altura. En la práctica de los deportes ecuestres en su categoría olímpica, los jinetes se enfrentan a situaciones de vida a muerte no solo cuando compiten oficialmente sino también todos los días durante los entrenamientos.
Los deportistas llaman ese clímax de ansiedad como "adrenaline shot" y no es para menos. Durante años he estado observando no solamente mi propia experiencia como jinete de alta competencia sino también la que viven muchos otros practicantes de este deporte. Se trata de realizar lo que Kierkegaard denomina como pura intencionalidad. Obviamente, que la palabra tiene, en el lenguaje de SK un significado mucho más trascendental que el popularmente le asignamos a la palabra. Así como existe la ansiedad normal y la ansiedad neurótica, debemos entonces acuñar un término que nos ayude a diferenciar lo que el deportista siente mediante la práctica de deportes extremos. Se me ocurre el término de "ansiedad sintética"
Montar a caballo en situaciones de extremo riesgo como en competencias produce el mismo efecto psicológico que la plataforma transparente en el piso 30 pero por tanto tiempo como dura la competencia. No es un rush de adrenalina como si un largo shot de miedo y ansiedad. Como dijo Tillish, se trata de que la amenaza del no ser reside también en lo psicológico y espiritual, es decir, en la amenaza del sinsentido en la propia existencia. Esa forma de ansiedad sintética es la aproximación fenomenológica de nuestro final que desarrolló Heidegger en su Magnum Opus, Ser y Tiempo.
Nunca olvidaré una experiencia personal que viví en una competencia bajo uno de esos ambiente de alta tensión y alto riesgo. El ambiente estaba muy cargado por la presencia de cientos de espectadores generando un exagerado volumen de ruidos. Al mismo tiempo el caballo con que yo competía era un enorme ejemplar bastante joven que además carecía de experiencia en ambientes como el descrito. Un entrenador amigo me notó algo nervioso y me sugirió hacer unos ejercicios de relajamiento físicos y mentales. Lo cual acepté hacer y consecuentemente procedí a ejecutar. Eran una combinación de ejercicios de yoga, respiración y meditación. Logré alcanzar el relajamiento buscado como nunca antes me había sentido. Me presenté a la competencia totalmente relajado, como si estuviera en una nube y por ello, en cuestión de segundos había olvidado hasta cual era la rutina que me correspondía ejecutar y había entrenado cientos de veces. La prueba fue un verdadero desastre y mi caballo y yo fuimos eliminados. Por no sentir la ansiedad natural o preferiblemente la ansiedad sintética, perdí la capacidad sensorial para ejecutar los complicados movimientos de la competencia ecuestre.
A raíz de esa experiencia aprendí que es necesario y hasta valioso experimentar la ansiedad y más aún sentir la ansiedad llevada al extremo en su manifestación de miedo por las circunstancias presentes en el momento, es decir, la ansiedad provocada por las circunstancias extremas o ansiedad sintética. Posteriormente he podido concientizar en competencias similares ese estado de alerta como si uno cruza un umbral hacia otra dimensión. Es lo que unos han llamado el pick experience o el aha moment, cruzar dentro de la zona o también la conexión con lo sagrado. En fin, ese es el momento en donde por instantes se alcanza a sentir una experiencia de absoluta libertad.
Esas experiencias no solamente son convenientes para optimizar el performance de una acción, sino sobre todo, para el efecto que tiene sobre nuestra existencia o forma de vivir. Cuanto más conciencia, más comprensión de sí mismo. Una mayor conciencia de sí mismo significa una mayor individualidad. Sin duda que los aspectos positivos de la individualidad se desarrollan a medida que uno se enfrenta, avanza y supera las experiencias que generan ansiedad.
La ansiedad sintética es una combinación de miedo con ansiedad que por un lado hace que el miedo provoque una reacción de defensa, una expresión corporal de tensión y de extrema atención a una determinada parte del entorno, como sería el caso del ring de competencia. En su componente de ansiedad, en cambio, encontramos un frenesí sin sentido de una retirada del mundo, una afectividad cerrada a la luz de la cual el mundo parece irrelevante, y cualquier referencia, acción y percepción del mundo se suspenden. La ansiedad sintética es en realidad una aprehensión de que uno pueda caer en una condición catastrófica. Mientras esa aprehensión dura el mundo desaparece. El sentimiento es como el de entrar en otra dimensión. La frase "muerto de miedo" no es una descripción exagerada de lo que siente en esos casos.
Otra observación sobre esas experiencias cruciales durante la práctica de deportes extremos es que la aproximación a la finitud de la existencia que puede sentirse solo por unos minutos pero con efectos permanentes en la vida de quien lo experimenta, es a mi entender, muy similar a lo que Heidegger escribió en Ser y Tiempo afirmando que la temporalidad de nuestro ser apunta a nuestra propia muerte y que al afrontar este rasgo esencial se puede alcanzar llevar una vida significativa y auténtica.
Cultivar la conciencia de nuestra muerte conduce a la desilusión, la pérdida de la armadura del carácter formado por la cultura evasionista de la realidad y en su lugar hace una elección consciente de permanecer frente al terror. El ser existencial que sigue este camino de autoanálisis se diferencia de la persona promedio en saber que en lugar de esconderse entre las ilusiones del carácter, reconoce su impotencia y vulnerabilidad.
El héroe desilusionado, es decir el hombre realista, rechaza las heroicidades estandarizadas de la cultura de masas a favor del heroísmo cósmico en el que hay una verdadera alegría al deshacerse de las cadenas de la dependencia acrítica y contraproducente y descubrir nuevas posibilidades de elección y acción y nuevas formas de coraje y resistencia. Viviendo con la conciencia voluntaria de la muerte, el individuo heroico puede optar por desesperarse o dar un salto kierkegaardiano y así confiar en la “sacrosanta vitalidad del cosmos”.
Esa es la forma de romper con la armadura del carácter emocional de Lear, de los budistas Zen, de la psicoterapia moderna y, de hecho, de los hombres de cualquier época. En ese espíritu, Ortega, nos los dijo en un pasaje particularmente poderoso. Su declaración se lee casi exactamente como Kierkegaard:
El hombre de la mente clara es aquel que se libera de esas “ideas” fantásticas [la mentira característica de la realidad] y mira la vida a la cara, se da cuenta de que todo en ella es problemático y se siente perdido. Y esta es la simple verdad, que vivir es sentirse perdido, quien lo acepta ya ha comenzado a encontrarse a sí mismo, a estar en terreno firme. Instintivamente, como hacen los náufragos, buscará a su alrededor algo a lo que aferrarse, y esa mirada trágica, despiadada, absolutamente sincera, porque se trata de su salvación, hará que ponga orden en el caos de su vida. Éstas son las únicas ideas genuinas; las ideas de los náufragos. Todo lo demás es retórica, posturas, farsa. Quien no se siente realmente perdido, no tiene remisión; es decir, nunca se encuentra a sí mismo, nunca se enfrenta a su propia realidad.
- José Ortega y Gasset
Finalmente, podemos decir que el verdadero arte del ser humano es aprender a equilibrar el horror de la existencia con su belleza.

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