Friday, February 26, 2021
Nietzsche y Algunas de sus Ideas (Parte IV) *
Por: José Domingo Sosa
Continuación:
En la tercera parte (Parte III) de esta serie sobre “Nietzsche y algunas de sus Ideas”, decíamos que así como el hombre se ha ido adaptando a la naturaleza (teoría de la evolución) a través de los tiempos, igualmente puede suponerse que las comunidades de seres humanos han ido modificando el contenido de su moralidad y de sus valores siguiendo las variaciones de las condiciones de su existencia.
Nietzsche acepta todo este planteamiento darwiniano sobre la moral y añade que cuando se examina la moral desde ese modo científico, o sea fuera de su encuadramiento teológico y metafísico, entonces se la puede intentar superar porque se puede cambiar.
Cambiar mediante un proceso de transvaloración de los valores, ya que la vieja moral se ha convertido en una fuente de conflictos subjetivos que en nada ayuda a los individuos a elevarse, refinarse y a fortalecerse. Si no que por el contrario solo los debilita, los enferma y los hace infelices.
Ese fue el horizonte teórico que Nietzschie desarrolló con sus obras dentro de la primera etapa o madurez y termina con su libro Así habló Zaratustra. Luego da paso a las segunda etapa de su filosofía y especialmente a través de las tres obras que mencionamos anteriormente y repetimos aquí ahora; La Genealogía de la Moral, Más allá del Bien y del Mal y Crepúsculo de los ídolos. Estas tres obras ofrecen una reflexión mucho más ajustada y penetrante sobre nuestro proceso de civilización occidental que además sigue teniendo hoy un profundo interés y actualidad.
En su análisis de la civilización occidental y específicamente la europea, Nietzsche parte de las explicaciones que algunos filósofos modernos habían dado sobre el contrato social. Filósofos en concreto como, Hobbes Locke y Rousseau. Estos autores cuentan la historia de la domesticación del hombre y los procedimientos por los que ese animal humano, el hombre, se acaba convirtiendo en una persona civilizada y socializada al estilo europeo.
Nietzsche comparte algunas de las tesis de estos filósofos sobre todo las de Hobbes pero añade a esa historia un conjunto de observaciones sobre cómo la culpa o la culpabilización ha contribuido a configurar a un ser humano capaz de responder de sí mismo, también de prometer, de recordar lo prometido y de comprometerse con lo prometido.
Nietzsche se detiene en estudiar qué función cumple la culpa a la hora de hacer del hombre
europeo un ser social civilizado, consciente y responsable que recuerda las leyes y las cumple.
Nietzsche se anticipa en muchas cosas a los desarrollos psicoanalíticos y a las teorías de Freud. Sin embargo, su problema más propio y original tampoco va a ser como la culpa y la responsabilidad dan lugar al orden legal y a la moral.
Lo que propiamente a Nietzsche le va a interesar es la cuestión de cómo y por qué un tipo concreto de individuos crean la moral europea de los valores ascéticos y altruistas y como la
sociedad a la que esa moral da lugar, se termina generalizando, imponiendo y extendiéndose por casi todo el mundo.
De esta genealogía de la moral resulta que la propia moral ascética no encuentra un modo mejor para imponer sus valores, que condenar como malos los valores vitalistas o sea aquellos que afirman y celebran el disfrute de la vida, el placer, la libertad, etcétera.
La moral ascética condena como malos e indeseables el placer, la fuerza, la lucha, la victoria y promueve y exalta como buenos los valores opuestos es decir, la renuncia, el desprecio, y la negación de uno mismo, la humildad, la castidad, la abnegación.
Nietzsche reescribe pues a partir de esa contraposición la historia de la moral europea y entonces traza el recorrido de una lucha entre dos morales enfrentadas. Nietzsche las llama moral de los señores y moral de los esclavos.
La moral de los señores sería aquella que forma sus valores entre las aristocracias militares y la nobleza del mundo antiguo. En ella el valor bueno se construye porque equivale a bueno en el sentido de apto, es decir, de bien dotado naturalmente, fuerte, bello y bueno en el sentido por ejemplo que se dice de un caballo que es veloz, es decir, el valor bueno no tiene aquí en esta valoración o significado moral en el sentido que nosotros luego le hemos dado al concepto de bueno.
El calificativo de malo por el contrario en esta moral de los señores, designa al hombre no apto no capacitado, al ordinario como un hombre vulgar que no es ni fuerte, ni de excelente nivel y que no ha desarrollado ni la inteligencia, ni la sensibilidad, ni la excelencia que le permitan destacarse. Tiene por tanto connotaciones que lo vuelven objeto de una cierta indiferencia por parte de los nobles.
Nietzsche subraya que esa indiferencia no significa en modo alguna hostilidad sino que es más bien un sentimiento de quererse diferenciar y distinguir.
La moral de los esclavos en cambio tiene otra historia y su tabla de valores se establece de otro modo. Esta moral se constituye a partir de la confrontación entre esa nobleza guerrera orgullosa y activa y los grupos a los que se opone porque les ha impuesto su dominación. Un ejemplo histórico concreto sería la última etapa de la historia de Roma. Los grupos cristianos representan perfectamente la moral opuesta a la de los señores. Eran los grupos religiosos cristianos formados por esclavos que eran gentes sometidas por las conquistas del imperio romano.
En esos grupos la humillación y la impotencia, dice Nietzsche, habrían generado el odio y el deseo de venganza respecto a los fuertes y la interiorización de ese odio habría derivado en resentimiento.
De ese caldo de cultivo sería de donde habría nacido la moral ascética que en realidad no habría sido otra cosa, sino la inteligente estrategia con la que los débiles habrían llevado a cabo durante siglos su guerra de aniquilación contra los señores y su moral.
Una guerra que terminan ganando y que hace que esa estrategia triunfe y se generalice como la moral europea, es decir, no la moral de los señores, sino la moral de los esclavos
Nietzsche añade, que cuando él contrapone así la moral de los señores y la de los esclavos no lo hace en modo alguno porque quiera defender la de los señores en el sentido de que la de los señores le parezca que es la buena y la que es verdadera mientras que la de los esclavos él considere que es la mala y por tanto la falsa.
En su planteamiento estos criterios de bueno o malo y verdadero o falso para distinguir entre
las dos morales no tienen ningún sentido. El criterio que él considera se debe aplicar para valorar una moral es el criterio de la salud y el de la enfermedad. Por tanto, Nietzsche se refiere a una moral sana frente a una moral enferma.
La moral sana es capaz de promover el crecimiento, la potenciación de la vida del individuo mientras que la enferma sería la que produce su disminución, su debilitamiento, su pequeñez y su infelicidad.
Por último, Nietzsche se refiere en su libro de La Genealogía de la Moral, al conflicto funcional básico que estaría presente en el trasfondo inconsciente de todo individuo. Regresa Nietzsche a su concepto de que todo ser humano se enfrenta a lo largo de su vida a la lucha entre dos tipos de impulsos.
Por un lado el impulso que en su interior empuja al individuo a elevarse, a diferenciarse, a crecer encontrando su propia identidad y su propia forma de individualidad original. Ese impulso, como ya nos había mencionado anteriormente durante su pensamiento de juventud, es lo que Nietzsche llamó, el impulso apolíneo.
Por otro lado, todo individuo sentiría también en su interior el impulso contrario es decir el que nos empuja a la fusión con los otros en la indiferenciación, es decir, la pulsión que nos invita a disolver nuestro yo en la masa, aquella que nos mueve a no querer ser diferentes a los demás, a no luchar, a exigir que todos tengamos la misma identidad y a perdernos todos en el rebaño, quedando absorbidos y anulados. Ese otro impulso es al que en su juventud llamó lo dionisiaco.
De la diferencia o lucha entre esos dos impulsos, el joven Nietzsche, llegaba a la siguiente conclusión: la vida misma empuja al individuo a la autodefinición, es decir, al crecimiento, a la superación de la animalidad y a su autonomía. Para conseguirlo tiene que incorporar en su lucha la disciplina, y la responsabilidad.
Todo eso lo necesita el hombre, principalmente para oponerse y para neutralizar el otro impulso que también siente que es el de no salir de la animalidad, el de permanecer en la inconsciencia de la animalidad.
De modo que sería la vida misma en su versión ascendente apolínea la que tendría en su ser el fundamento de una moral, una moral de la autosuperación y a la vez del equilibrio de la forma, de la autolimitación, de la autodisciplina y del autocontrol. En ningún caso de la barbarie y de la brutalidad.
Naturalmente no se puede perder de vista que también la vida tiene ese otro impulso más básico, el dionisiaco. Y repetimos, la necesidad de perderse en la indiferenciación, el de la embriaguez, de la pérdida de la individuación desapareciendo en el rebaño, un solo rebaño y ningún pastor.
Por tanto la moral de los señores y la moral de los esclavos no sería, según esta reflexión, ningún invento más o menos ocurrente o caprichoso de Nietzsche. Lo que él quiere reivindicar es que frente a la moral ascética tradicional europea, que es una moral del rebaño, la vida contiene en sí misma otro tipo de moral distinto, la moral de la autosuperación la moral que con el tiempo, Nietzsche llamará la de la “voluntad de poder”.
Lo que hubiera parecido lógico cuando se comprende de este modo la historia europea habría sido que la moral que debería haberse impuesto es aquella de la construcción y de la evolución de nuestra civilización como moral afirmativa que brota del impulso ascendente de la vida y que funciona en armonía con su crecimiento y su potenciación.
Sin embargo, la paradoja es que justamente eso es lo que no ha sucedido, es decir la que ha triunfado, la moral opuesta a la vida, la que niega los valores nobles y dedica todo su esfuerzo a tratar de obligar a que todos los individuos tengan que ajustarse a los ideales metafísicos y teológicos porque la vida tal como es según esa moral teológica aparece a la luz de esos ideales como inmoral y como injusta.
De modo que la nuestra ha sido la moral nihilista, la moral que se ha venido concretando a lo largo de nuestra historia en una serie de prohibiciones cuyo objetivo no ha sido otro que, el de limitar a los individuos en sus iniciativas y en sus acciones imponiendo las reglas uniformes formadoras y niveladoras, a través de un código de conducta universal que ordena o prohíbe no sólo las acciones concretas en su definición externa, sino también las intenciones últimas, el pensamiento y los motivos psicológicos de esas acciones.
El hombre moral de occidente es por tanto, según esta moral de los esclavos, el que obedece escrupulosamente todas esas reglas absolutas, todos esos mandamientos sobrenaturales sin preguntar, es decir, actuando bajo una actitud propia e incompatible con el concepto y significado de que es un hombre libre.
Por otro lado, la nueva moral debería entonces de construir sus propios valores porque no acepta ser eximido de esa responsabilidad. Bastantes analistas han calificado este planteamiento de Nietzsche como de corte aristocrático o aristocratizante.
Todas estas ideas de Nietzsche sobre la moral pueden ser rechazadas o en su defecto consideradas como vernos en un espejo de nuestra realidad. Nietzsche nos decía que solamente nos está alertando con un martillo. Un martillo con el que se puede hacer sonar el vacío interior de nuestros valores.
Este cuestionamiento sobre nuestro valores morales podemos extenderlos igualmente al campo de la política. Específicamente en el terreno de la política, la dualidad de la moral, que Nietzsche hace entre señores y esclavos, se traduce en otro tipo de confrontación entre el rebaño y la individualidad.
Por un lado valorar la nivelación de los individuos como la mejor forma de sojuzgar y de gobernar el rebaño vs la hipótesis de un cultivo de la singularidad, de la individualidad que acepta el riesgo que se seguiría de admitir capacidades de acción nuevas e innovadoras capaces de hacer crecer y fortalecerse a los individuos en lugar de disminuirlos.
Es decir creatividad y originalidad en contraposición al vacío de voluntad característica de los esclavos que obedecen el orden establecido y a los patrones estándares bajo una actitud propia de un rebaño.
Esculpirse a sí mismo dando paso al propio carácter de cada quien. Esa es la definición que da Nietzsche sobre cuál es el principal mandamiento ético, es decir, la responsabilidad individual en la experiencia del control de uno mismo.
En relación a esta conclusión de la individualidad entrelazada con responsabilidad, Nietzsche nos dejó el concepto del superhombre o Übermensch en sus últimos escritos. Ese concepto en particular es posiblemente el que más se ha tergiversado y malinterpretado en toda su obra.
En la próxima entrega intentaremos presentar como Nietzsche desarrolla la importancia de ese nuevo Übermensch.
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* Al final de la última entrega de esta serie, posiblemente, Parte V, listamos las referencias, fuentes y bibliografía en las cuales nos hemos apoyado para la preparación de todos estos textos.
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