Friday, July 16, 2021

 



Nuestro tiempo y los Ensayos de Montaigne



Por: J.D. Sosa, Ph.D.


Durante los últimos años he podido sentir como nosotros los venezolanos, poco a poco, hemos ido perdiendo buena parte de nuestra humanidad tratando de salvar el pellejo. La angustia y desesperación por la desgraciada situación del país nos ha empujado hacia un callejón lleno de crueldades y fanatismos.


En estos días pude leer en un chat de exalumnos de un colegio jesuita el siguiente texto:  “La envidia fue considerada una vez como uno de los siete pecados capitales antes de que se convirtiera en una de las virtudes más admiradas bajo su nuevo nombre “Justicia Social”.”


Que un hombre mayor de edad, cristiano, padre de familia, sobrio y en sus cabales se exprese de esa manera es una clara evidencia de las consecuencias de la debacle por la que atraviesa el país.  Algo debemos de hacer para recobrar las virtudes que  nos definen como seres humanos. No va ser una tarea fácil ya que la plaga que generó esta situación sigue activa y a toda máquina con sus devastadores efectos. Conscientes de las circunstancias y siendo realistas nunca podremos acabar con esas fuerzas del mal, mientras no recobremos, primero, nuestro muy golpeado e individual espíritu humano. 


La historia de la humanidad está llena de ejemplos con malas épocas en las que países enteros y sociedades, específicamente, fueron testigos de situaciones similares a las que se vive en Venezuela desde hace un par de décadas. 


Las pérdidas de vidas, el deterioro de la moral, las violaciones de los derechos humanos, y en fin la degradación de la tradicional forma de vivir en sociedad no es algo nuevo y mucho menos exclusivo a un sólo país. Afortunadamente esas plagas fueron extinguidas y superadas a lo largo de varias décadas mediante procesos tan aleatorios y diferentes que, para ser breves por ahora, podríamos llamarlos solamente como procesos históricos de retorno a la paz y la convivencia. 


Pero antes de que esas fuerzas diabólicas, responsables de la debacle, sean vencidas y el país retorne a la normalidad, debemos recuperar nuestra deteriorada humanidad, en lo personal, en privado y por esfuerzo propio. Para iniciarnos en la realización de ese esfuerzo individual, es recomendable, en mi humilde opinión, conocer sobre las experiencias de Michael Montaigne (1533-1592). Resulta fascinante leer sus experiencias e ideas de "Cómo Vivir" reflejadas en su maravillosa obra: “Los Ensayos” en donde describió con lujo de detalles casi que íntimamente sus conclusiones para cómo sobrevivir en tiempos complicados.  


Reconozco haber intentado leer a  Montaigner cuando yo era joven y digo intentado porque terminé abandonando el libro en las primeras de cambio porque no me despertó interés alguno. No tanto debido a mi inmadurez de juventud sino porque el simple hecho de que yo vivía en un país feliz y nunca me sentí identificado con las circunstancias que se vivían en Europa en los tiempos de Montaigne. Durante mi juventud Venezuela era un país con sus limitaciones pero un país en paz, alegre y con un gran futuro en su horizonte. Ese entorno sencillo, pacífico y con expectativas no se asemejaba en nada al que vivió Montaigne en sus Ensayos. En ese tiempo sentí a Montaigne y sus circunstancias como una ficción y yo siempre me he inclinado por el realismo, las biografías y la historia.


Pero ahora cuando por curiosidad volví a leer Los Ensayos de Montaigne y me encontré viviendo con un entorno tan malo como el que se siente en esas páginas, fue entonces cuando me abordó una profunda necesidad de zambullirme a  leerlo por motivos del dolor que me produjo por asociación e identificación. La ficción se convirtió en la realidad de mi vida.


Es obvio que no es necesario remontarse a una época tan lejana a la nuestra como fueron los tiempos de Montaigne en el siglo XVI para establecer una asociación entre las crueldades de entonces y las nuestras vividas ahora. Momentos crueles y devastadores vividos en otras tierras los podemos encontrar bastante más cercanos a nosotros a través de toda la historia. La diferencia está en que nadie desde el siglo XVI y  hasta nuestros días ha expresado de una forma tan elocuente, claras recomendaciones sobre ¿Cómo Vivir? en épocas de profundo deterioro humano como efectivamente sí lo hizo Michael Montaigne.  


Hay escritores, aunque no muchos, que son accesibles a cualquier persona de cualquier edad y en cualquier época de la vida —Homero, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Balzac, Dostoievski—, y hay otros que sólo despliegan todo su significado en un momento determinado. Entre estos últimos se encuentra Montaigne. Y para nosotros que vivimos estos momentos súper difíciles Montaigne resulta ideal para leer.  


Entre muchas razones que justifican nuestra atención en este personaje es que además de buen escritor Michael Montaigne fue un hombre honorable, de armonía, un hombre que escuchaba a ambos lados, que no prejuzga, que nunca mostró la menor estrechez de espíritu, siempre tuvo una mente abierta inclinada a la tolerancia, un librepensador, un "citoyen du mondé”, no un hijo y ciudadano de una raza o un lugar fijo, sino un ciudadano del mundo, más allá de cualquier tierra o tiempo.


Recordemos también un comentario que hizo William Hazlitt en donde elogió a Montaigne: "al tomar su pluma, no se preparó para ser un filósofo, ingenio, orador o moralista, sino que se convirtió en todo esto simplemente atreviéndose a decirnos lo que le pasó por su mente, en su desnuda sencillez y fuerza." Estuvo de acuerdo en que lo más importante al enfrentar el abuso político era mantener la libertad mental, y eso podría significar hasta el extremo de optar por salir de la vida pública en lugar de participar en ella.


Recordemos que sucedió a mediados del siglo XVI. Los tiempos del Renacimiento y su humanismo venían decayendo y La Reforma, que en Europa soñaba con dar un nuevo espíritu al cristianismo, sazonó la descomunal barbarie de las guerras de religión; la imprenta, en vez de difundir la cultura, diseminó el delirio teológico; en vez del humanismo, triunfó la intolerancia. En toda Europa, sangrientas guerras civiles desgarraban los países, mientras en el Nuevo Mundo la bestialidad de los conquistadores se desataba con crueldad inaudita. 


Lo que constituyó una tragedia en la vida de Montaigne, puede ser ahora para nosotros una bendición. Su tragedia consistió en tener que ser testigo impotente de esa horrible recaída del humanismo en la bestialidad, uno de esos esporádicos arrebatos de locura de la humanidad como el que vivimos hoy también los venezolanos.  Para citar nada más que un ejemplo de sus vivencias, La Chambre Ardente (el ignominioso tribunal que solía condenar a la hoguera) ordenó quemar a los Protestantes; la noche de San Bartolomé exterminó a ocho mil personas en ese día.


Ante ese devastador panorama, Montaigne se dedicó al estudio y a escribir sus reflexiones, siempre con miras a conservar su equilibrio cuando todos a su alrededor parecían perderlo. Montaigne fue un insigne seguidor de los pensadores griegos y sobre ellos decía que todas sus escuelas tenían el mismo objetivo: lograr una forma de vida conocida en el griego original como "eudaimonia", a menudo traducida como "felicidad", "alegría" o "florecimiento humano". Esto significaba vivir bien en todos los sentidos: prosperar, disfrutar de la vida, ser una buena persona. También estuvieron de acuerdo en que el mejor camino hacia la eudaimonia era la ataraxia, que podría traducirse como "imperturbabilidad" o "ausencia de ansiedad". Ataraxia significa equilibrio: el arte de mantener la calma, para que uno no se regocije cuando las cosas vayan bien ni uno se desespere cuando las cosas vayan mal. Alcanzarlo es tener control sobre nuestras emociones, de modo que uno no sea golpeado y arrastrado por ellas como un hueso peleado por una jauría de perros.


Pero fue sobre la cuestión de cómo adquirir tal ecuanimidad que las filosofías comenzaron a divergir, según escribe Montaigne. Cada uno tenía una idea diferente, por ejemplo, de hasta qué punto uno debería comprometerse con el mundo real. La comunidad epicúrea original, fundada por Epicuro en el siglo IV a.c., requería que sus seguidores dejarán a sus familias y vivieran como miembros de una secta en un "jardín" privado. Los escépticos prefirieron permanecer en medio del público alborotado como todos los demás, pero con una actitud mental radicalmente alterada. Los estoicos estaban en algún punto intermedio. 


Definitivamente, los epicúreos eran extremistas recomendando el absoluto abandono de la responsabilidad y realidades personales. Los escépticos están presentes pero totalmente abstraídos. Finalmente pareciera que los estoicos ofrecían la actitud más recomendable, ya que se llenan de valor y enfrentan la realidad con una actitud de fortaleza que los hace inmune al caos y la toxicidad del lugar y el tiempo.  


Los dos escritores estoicos más conocidos, Séneca y Epicteto, escribieron para una élite de lectores romanos que estaban profundamente involucrados en los asuntos de su tiempo y no tenían tiempo para los jardines, pero que deseaban oasis de tranquilidad y dominio de sí mismos dondequiera que pudieran encontrarlos. Los estoicos y los epicúreos también compartían gran parte de su teoría. Pensaron que la capacidad de disfrutar de la vida se ve frustrada por dos grandes debilidades: la falta de control sobre las emociones y la tendencia a prestar muy poca atención al presente. Si uno pudiera hacer estas dos cosas bien, controlar y prestar atención, la mayoría de los otros problemas se resolverán por sí mismos. El problema es que ambos son casi imposibles de hacer. Son tan difíciles que uno no puede acercarse a ellos de frente. Es necesario escabullirse desde ángulos laterales y engañarse a sí mismo para lograrlos.


En consecuencia, los pensadores estoicos y epicúreos dedicaron mucho tiempo a idear técnicas y experimentos mentales. Por ejemplo: imaginarnos que hoy es el último día de nuestra vida. ¿Estamos listos para enfrentar la muerte? Imaginemos, incluso, que este mismo momento —¡ahora! - es el último momento de nuestra existencia. ¿Qué sentimos? ¿Nos arrepentimos? ¿Hay cosas que uno desearía haber hecho de manera diferente? ¿Estamos realmente vivos en este instante o estamos consumidos por el pánico, la negación y el remordimiento? Este experimento nos abre los ojos a lo que es importante para todos nosotros y nos recuerda cómo el tiempo pasa constantemente por nuestros dedos.


Friedrich Nietzsche llamó a Montaigne "la más libre y poderosa de las almas", y agregó: "El hecho de que un hombre así escribiera ha aumentado verdaderamente la alegría de vivir en esta tierra". Montaigne aparentemente logró el truco de vivir como Nietzsche anhelaba hacerlo: sin resentimientos ni remordimientos mezquinos, abrazando todo lo que sucedió sin el deseo de cambiarlo.


Entonces, en conclusión, la pregunta para cualquiera de nosotros no es tanto "¿Cómo puedo sobrevivir o salvar el pellejo?" sino  "¿Cómo puedo seguir conservando mi carácter o  humanidad?" La pregunta viene en muchas variantes: ¿Cómo conservo mi verdadero yo? ¿Cómo me aseguro de no ir más lejos en mi discurso o acciones de lo que creo que es correcto? ¿Cómo puedo evitar perder mi alma escribiendo esas barbaridades en el chat de mis compañeros del colegio? 


Si leemos a Montaigner encontraremos ideas como esta: "es preferible contemplar al sabio estoico: una persona que se comporta moralmente, modera sus emociones, ejerce el buen juicio y sobre todo sabe vivir".


FIN.



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