LOS EXTRATERRESTRES BIBLICOS
.
PREFACIO
El presente libro es un relato imaginario que elaboré con el propósito de darle una explicación racional a determinados acontecimientos narrados en la Biblia, sin la intención de irrespetar las creencias de los demás o de provocar polémicas religiosas. Soy un católico tradicional, no practicante y partidario de la Doctrina Social de Cristo. Creo en Dios sólo por acto de fe, pues si no soy capaz de entender lo infinito del espacio sideral, mucho menos puedo comprender la naturaleza de Dios.
A mediados del año noventa y nueve volvieron a mi mente las mismas ideas, que siendo un niño de nueve años, se me ocurrían después de escuchar algunos de los relatos que sobre la Historia Sagrada solía leerme mi abuela Maria Teresa. Un tropel de imágenes me impulsó a darle forma escrita y en una urdimbre de historias y leyendas fui tejiendo mi propia fantasía.
Casi terminé de escribir el libro a fines de ese mismo año, pero lo deje abandonado en la memoria de la computadora durante varios años. Sin embargo, el olvido no fue absoluto y de tarde en tarde algunos de sus pasajes fueron tema de conversación en reuniones familiares. En una de esas oportunidades la menor de mis nietas, Vanessa Vegas Feo, quien finalizaba sus estudios de Sociología en la Universidad Católica Andres Bello, se llevó una copia del libro en disquete. Su lectura le pareció tan interesante que me exigió que lo terminara lo más pronto posible, y procediera a su merecida publicación.
URIM, UN PLANETA DESTINADO A DESAPARECER
En ese espacio que hay entre Marte y Júpiter, ocupado por miles de asteroides, existió un planeta muy semejante a la Tierra, denominado Urim. Estaba poblado por seres humanos iguales a los terrícolas de raza blanca, que no llegaban a totalizar los cien millones y habían alcanzado un desarrollo cultural y tecnológico muy superior al que tenemos en la Tierra a fines de este siglo veinte. Cada sesenta años su cielo era cruzado por un gran cometa, y cada vez lo hacía mas cerca. Los astrónomos aseguraban que al cabo de cinco o seis periodos ocurriría una colisión, con la consecuente desintegración del planeta. La única posibilidad que tendrían sus habitantes de sobrevivir, era la de abandonar el planeta en una fIota de naves espaciales, lo que no era una utopía dado que contaban can los medios y recursos necesarios para construirla.
Entre los planetas que habían sido estudiados a distancia se encontraban dos que reunían las condiciones de habitabilidad requeridas: la Tierra y Tumim. Para determinar cuál de ellos podría ser la nueva sede, era necesario explorarlos directamente y por encontrarse la Tierra en el mismo sistema planetario se decidió comenzar con ella.
VISITA A LA TIERRA EN TlEMPOS DE ABRAHAM
Para explorar la Tierra enviaron una gran nave espacial con todos los equipos y personal necesarios; después de haberla circundado en varios sentidos, fijaron su atención en esa zona que los historiadores llaman «La media luna fértil», y que consideran como la cuna de nuestras primeras civilizaciones. Una zona integrada por áreas pobladas y cultivables, regadas por los ríos Tigres, Eufrates, Jordán y Nilo y separadas por numerosos desiertos.
Desde su gran nave espacial, que permanecía a la altura de las nubes y escondida entre ellas, los astronautas exploraron por completo la zona; pero para obtener algunos datos requerían de la observación directa de la superficie terrestre, para lo cual utilizaban unas pequeñas aeronaves que no aterrizaban del todo, permaneciendo a poca distancia del suela y camufladas con niebla artificial o humo. Cuando los astronautas tenían que bajar, lo hacían por escaleras especiales o con su equipo individual de vuelo; siempre bajaban vistiendo su traje y casco espacial, no porque fuese necesario por las condiciones ambientales, sino para evitar alguna contaminación o el contagio de enfermedades. Debían evitar ser vistos por los terrícolas y se les prohibía cualquier tipo de relación amistosa con ellos, pernoctar en sus viviendas y consumir sus bebidas o alimentos.
Su extraña vestimenta –junto con facultades como poder elevarse del suelo, emitir destellos, lanzar rayos y truenos, cubrirse con el fuego sin quemarse, entre otras-les daba una apariencia de seres sobrenaturales, por lo que eran considerados como mensajeros o ángeles de un Dios todopoderoso o a veces como el propio Dios.
Para completar este estudio preliminar de la zona, les faltaban observaciones de tipo social y psíquico de sus pobladores, por lo que se imponía el trato directo con los mismos.
Los conglomerados humanos que allí convivían se podían clasificar como Nómadas y Sedentarios. Los Nómadas eran guerreros, mercaderes y pastores. Los guerreros deambulaban en pequeños grupos de un oasis a otro, asaltando y robando a todo lo que encontraban; los mercaderes desplazaban sus grandes campamentos de un país a otro comerciando todo tipo de mercancía, desde piedras preciosas hasta seres humanos; los pastores llevaban sus rebaños a pastar en diferentes sitios y a veces también robaban y asaltaban. Los Sedentarios vivían en grandes urbes como las de Egipto y Mesopotamia, o en pequeñas ciudades y villorrios, cerca de los campos de labranza y de cría.
Para esta investigación se nombraron dos comisiones, una haría el estudio en una de las tribus de comerciantes nómadas y la otra entre los habitantes de una de las pequeñas ciudades.
La primera escogió como grupo representativo de los Nómadas a la tribu del patriarca Abram, que para entonces se encontraba en la ciudad de Ur, en Mesopotamia. La segunda comisión, que debía entrevistar a los Sedentarios, podría seleccionar una de las cinco pequeñas ciudades que se encontraban en la hoya del Jordán y del mar Muerto.
Abram era un rico y poderoso comerciante, patriarca de una numerosa tribu de origen semita, los hebreos, que se desplazaba entre Mesopotamia, Canaán y Egipto.
Desde que sale de Ur, capital de sumeria, es observado por los astronautas, quienes le enviaban mensajes verbales por medio de transmisores que bajaban hasta su tienda cuando se retiraba a dormir, anunciándole que había sido escogido para una importante misión por el Dios Yahvé y que pronto sería visitado por él.
Abram acababa de instalar su campamento en un sitio llamada Siquem, al oeste del río Jordán, y cuando descansaba solitario fuera de su tienda se le apareció Uriel, el astronauta que comandaba la misión en la tierra, vistiendo todo el equipo espacial, emitiendo destellos y truenos. Se le anuncia como el poderoso Dios Yahvé y le confirma que él y su pueblo son sus elegidos y que podían contar con su divina protección y ayuda, a cambio de la obediencia a sus designios.
Las demostraciones de obediencia por parte de este poderoso patriarca fueron: la primera, aceptar que Yahvé le cambiara el nombre a él y a su esposa, Abram por Abraham y Sarai por Sara; y la segunda, practicarse la circuncisión junto con todos los varones de la tribu. Así quedó sellada la alianza entre el pueblo hebreo y Yahvé.
Como una prueba de su poder, Yahvé hizo que su esposa Sara, una mujer estéril y vieja, concibiera y pariera un hijo suyo, al que pondría el nombre de Isaac.
Las visitas de Uriel personificando a Yahvé se repitieron, pero sin la teatralidad de la primera; asistía vistiendo ropa corriente, conversaba en franca camaradería con el patriarca, compartiendo con él y su esposa la comida que esta les preparaba. Abraham era su confidente en la Tierra y por medio de él y su tribu obtenía toda la información y colaboración que pudiera necesitar. Abraham recibía a cambio la enseñanza de conocimientos prácticos para mejorar las condiciones de vida de su pueblo y los principios básicos de una nueva religión: normas morales sencillas, propias para un pueblo nómada amante de la libertad; tan sólo dos ritos, la circuncisión y los sacrificios de animales, en vez de sacrificios humanos; un Dios único, inmaterial, creador del cielo y de la tierra, todopoderoso, severo, justiciero y misericordioso, que reemplazaba al politeísmo y a la idolatría.
SODOMA Y GOMORRA. LOS ÁNGELES COPULADORES
Cuando la otra comisión sobrevolaba su nave por el sur del mar Muerto, divisaron la ciudad de Gomorra y al acercarse pudieron observar en todo su esplendor una fiesta pública, que se celebraba en su plaza principal, donde un grupo de hermosas jóvenes bailaban la danza de los siete velos; un espectáculo que los dejó atónitos, pues ninguno de ellos había visto algo semejante.
De inmediato decidieron que esta era la ciudad ideal para realizar las investigaciones y entrevistas que les habían encomendado; se alejaron un poco del sitio y practicaron las maniobras de acercamiento a la superficie, para que bajaran tres de sus ocupantes, protegidos con sus trajes espaciales. Al poco tiempo de hacerlo y cuando se dirigían hacia la plaza, los otros cinco que habían quedado dentro de la nave quisieron acompañarlos, por lo que colocaron la nave en tierra y salieron corriendo vistiendo sus uniformes corrientes. Pronto alcanzaron a sus compañeros, quienes al verlos se despojaron de sus pesados e incómodos trajes y juntos llegaron a la plaza.
Fueron rodeados por una pequeña multitud sorprendida y temerosa, que los recibió como si fueran emisarios de los dioses y los condujeron al templo de la Diosa Milita, el sitio más importante de Gomorra. Esta diosa de origen sumerio exigía en su culto que las mujeres casadas debían practicar, en su honor, la –prostitución sagrada-: por lo menos una vez en su vida, debían acudir al Templo y permanecer en un patio contiguo durante un día y una noche, en la espera de que un extraño las solicitase. Debían vestirse con una sencilla bata blanca y una corona de flores; la mayoría de las concurrentes se sentaban en el suelo del patio, pero algunas llegaban en lujosos carruajes, donde se quedaban.
Una extraña y vergonzosa costumbre que, según Herodoto, persistió hasta los tiempo de la gran Babilonia, en franca e inexplicable contradicción con los principios religiosos de los pueblos de Mesopotamia, sumerios, caldeos, asirios y babilónicos, donde el adulterio era considerado un pecado mortal y, como tal, castigado con la muerte.
Gomorra y su vecina Sodoma eran famosas por las fiestas y demás eventos públicos que organizaban en primavera y verano, así como también por las orgías privadas que permitían; sin embargo, a pesar de estas coincidencias, eran enemigas.
Gomorra aceptaba la –prostitución sagrada- y el amor libre, pero prohibía la prostitución tradicional, así como la entrada a la ciudad de homosexuales y pervertidos.
Sodoma por su parte rechazaba con violencia la –prostitución sagrada-, pero aceptaba la tradicional y le brindaba asilo a todos los homosexuales y pervertidos.
Los ocho jóvenes astronautas fueron recibidos en el Templo de Milita por sus sacerdotisas, e invitados a un banquete en su honor. Olvidando todos sus compromisos y principios religiosos, comieron hasta hartarse, bebieron vino hasta embriagarse y amaron lujuriosamente. Sus anfitrionas comprobaron que estos jóvenes no eran seres sobrenaturales, sino humanos con –cara de ángel-, lo que dio origen a la leyenda de –Los ángeles copuladotes-: Semyaza, Azazel, Amiziras, Amaros, Baraquiel, Kobabiel Tamiel y Asdariel.
Al día siguiente les propusieron que podían quedarse en la ciudad como maestros, para que enseñaran los muchos conocimientos que ellos tenían. Aceptar esta oferta los convertía en desertores y estaban dudosos de hacerlo. Intervino Azazel, uno de los tripulantes, el segundo en el mando pero quien por ser de carácter rebelde conocía mejor que nadie lo rígido de la disciplina y la severidad de Uriel; opinaba que por las faltas cometidas les aplicarían la pena de muerte.
Por decisión unánime aceptaron la oferta e inmediatamente volvieron hasta la aeronave para ocultarla en la arena de un desierto cercano, borrando todos los rastros que pudieran delatar su presencia y si sintieron felices por haber podido liberarse de esa férrea disciplina a la que habían estado sometidos con todas sus odiosas restricciones y prohibiciones.
En la nave espacial principal no habían recibido ningún mensaje de la pequeña aeronave que partiera rumbo al sur hacía más de treinta días, y como los vuelos de reconocimiento no habían detectado nada ya la daban por perdida.
La desaparición de este grupo de astronautas hizo que Uriel desistiera del trabajo que ellos tenían que realizar y tendría que conformarse con la información que sobre el particular le pudiera suministrar su confidente Abraham; éste acababa de regresar de Egipto y se había retirado a descansar en su refugio, el encinar de Mambré, un bello paraje boscoso de encinas o robles en una montaña cercana al pueblo de Hebrón. Allí lo fue a visitar Yahvé, o sea Uriel, con la idea de sacarle información sobre las costumbres de los habitantes de las ciudades.
Entablaron una animada conversación y Abraham se refirió a su sobrino Lot, quien se había separado de él, armando su campamento en las afueras de Sodoma, una ciudad que al igual que su vecina Gomorra, eran antros de vicio y corrupción; y que mucho temía que su sobrino y su familia pudieran contaminarse. Al oír el relato de Abraham, Uriel pensó que a los astronautas desaparecidos no les había sucedido ningún accidente y que era casi seguro que al visitar una de estas ciudades cayeron en la tentación de entregarse a los placeres de la carne, olvidando sus obligaciones y votos; igualmente estaba seguro de que el díscolo Azazel los había convencido de que no regresaran. Desde el encinar de Mambré, ordeno que dos de sus oficiales o arcángeles fueran a visitar a Lot en Sodoma, para confirmar lo que sospechaba.
Los astronautas Miguel y Gabriel, con todo su equipo, se le presentaron como los ángeles de Yahvé que habían estado con su tío Abraham. Lot los invitó a su casa en la ciudad, informándoles lo que ya todo el pueblo sabía: la llegada de los ocho ángeles a Gomorra y su alojamiento en el Templo de la Diosa Milita.
Continuará ….. en próxima entrega.----Saludos, JD
Monday, September 24, 2007
Subscribe to:
Post Comments (Atom)

No comments:
Post a Comment